domingo, 26 de julio de 2026 Santa Ana, Madre de la Bienaventurada Virgen María · Comm. IX Domingo después de Pentecostés

domingo, 16 de junio de 2013

IV Domingo después de Pentecostés

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Rom. 8, 18-23)

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Romános Fratres: Exístimo, quod non sunt condígnæ passiónes hujus témporis ad futúram glóriam, quæ revelábitur in nobis. Nam exspectátio creatúræ revelatiónem filiórum Dei exspéctat. Vanitáti enim creatúra subjécta est, non volens, sed propter eum, qui subjécit eam in spe: quia et ipsa creatúra liberábitur a servitúte corruptiónis, in libertátem glóriæ filiórum Dei. Scimus enim, quod omnis creatúra ingemíscit et párturit usque adhuc. Non solum autem illa, sed et nos ipsi primítias spíritus habéntes: et ipsi intra nos gémimus, adoptiónem filiórum Dei exspectántes, redemptiónem córporis nostri: in Christo Jesu, Dómino nostro.

A la verdad yo estoy firmemente persuadido de que los sufrimientos o penas de la vida presente no son de comparar con aquella gloria venidera, que se ha de manifestar en nosotros. Así las criaturas todas están aguardando con gran ansia la manifestación de los hijos de Dios. Porque se ven sujetas a la vanidad, o mudanza, no de grado, sino por causa de aquel que les puso tal sujeción, con la esperanza de que serán también ellas mismas libertadas de esa servidumbre a la corrupción, para participar de la libertad y gloria de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta ahora todas las criaturas están suspirando por dicho día, y como en dolores de parto. Y no solamente ellas, sino también nosotros mismos, que tenemos ya las primicias del Espíritu Santo, nosotros, con todo eso, suspiramos de lo íntimo del corazón, aguardando el efecto de la adopción de los hijos de Dios, esto es, la redención de nuestro cuerpo. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Homilía 14 sobre Romanos — San Juan Crisóstomo

Vers. 18. Los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria que ha de manifestarse en nosotros.

En lo que antecede exige del hombre espiritual la corrección de sus costumbres, cuando dice: No sois deudores para vivir según la carne; de suerte que se sobreponga, por ejemplo, a la concupiscencia, a la ira, al dinero, a la vanagloria, a la envidia. Mas aquí, habiéndoles recordado la totalidad del don, así el ya concedido como el venidero, y habiéndolo levantado en alto con esperanzas, y colocado junto a Cristo, y mostrado que es coheredero del Unigénito, ahora lo conduce con confianza aun hasta los peligros. Porque vencer a los malos afectos que hay en nosotros no es lo mismo que soportar aquellas pruebas: azotes, hambre, despojos, prisiones, cadenas, suplicios; pues esto último requería mucho más de un ánimo noble y esforzado. Y observad cómo a la vez sosiega y estimula el ánimo de los combatientes. Pues después de haber mostrado que los premios eran mayores que los trabajos, los exhorta a mayores esfuerzos, y con todo no permite que se engrían, por quedar aún superados por las coronas que se les dan en recompensa. Y en otro lugar dice: Porque nuestra tribulación, que es momentánea y leve, obra en nosotros un peso eterno de gloria por encima de toda medida; y es que allí hablaba a personas de más hondura. Aquí, en cambio, no concede que las aflicciones fuesen leves; pero aun así mezcla con ellas el consuelo por la compensación que aportan los bienes venideros, con estas palabras: Porque tengo por cierto que los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de compararse; y no dice: con el descanso venidero, sino algo mucho mayor: con la gloria venidera. Porque no se sigue que donde hay descanso haya gloria; pero que donde hay gloria hay descanso, sí se sigue. Luego, habiendo dicho que es venidera, muestra que ya existe; pues no dice: la que ha de ser, sino: la que se manifestará en nosotros, como si ya existiese, aunque no manifestada. Como también en otro lugar dijo con palabras más claras: Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Tened, pues, buen ánimo acerca de ella, porque ya está preparada y aguarda a vuestros trabajos. Y si os aflige que sea todavía venidera, más bien alegraos por esto mismo; pues por ser grande e inefable, y por sobrepujar nuestra condición presente, está allí reservada. Y así no puso a secas los sufrimientos del tiempo presente, sino que habla de modo que muestra que no sólo en la cualidad, sino también en la cantidad, lleva ventaja la otra vida. Pues estos sufrimientos, cualesquiera que sean, van unidos a nuestra vida presente; mas los bienes venideros se extienden por siglos sin fin. Y como no tenía manera de describirlos en particular ni de ponerlos ante nosotros con palabras, les da un nombre tomado de lo que parece ser entre nosotros objeto especial de deseo: la gloria; porque ésta parece ser la cima y la suma de los bienes. Y para mover al oyente también de otro modo, da elevación a su discurso con la mención de la creación, ganando con lo que a continuación dice dos cosas: el desprecio de lo presente y el deseo de lo venidero; y una tercera además, o más bien la primera: mostrar cuánto cuida Dios del linaje humano y en cuánto honor tiene nuestra naturaleza. Y a más de esto, todas las doctrinas de los filósofos, que se habían forjado acerca de este mundo como una especie de telaraña o montoncillo de niños, las derriba con esta sola doctrina. Mas para que esto quede en más clara luz, oigamos las mismas palabras del Apóstol.

Vers. 19, 20. Porque la ardiente expectación de la criatura —dice— aguarda la manifestación de los hijos de Dios. Porque la criatura fue sometida a la vanidad, no de grado, sino por razón de aquel que la sometió, en esperanza.

Y el sentido es algo de este género. La criatura misma está en medio de sus dolores de parto, aguardando y esperando estos bienes de que acabamos de hablar. Porque «ardiente expectación» significa esperar intensamente. Y así su discurso se hace más enfático, y personifica a todo este mundo, como también lo hacen los profetas cuando introducen a los ríos batiendo las manos, y a los collados saltando, y a los montes brincando; no para que los imaginemos vivos ni les atribuyamos facultad alguna de razón, sino para que aprendamos la grandeza de los bienes, tan grandes que alcanzan aun a las cosas privadas de sentido. Lo mismo hacen muchas veces también en las cosas aflictivas, pues introducen a la vid lamentándose, y al vino, y a los montes, y a los artesonados del Templo aullando; y también en tal caso es para que comprendamos el colmo de los males. A imitación, pues, de éstos, hace aquí el Apóstol de la criatura una persona viva, y dice que gime y está de parto; no porque él oyese gemido alguno que le llegase de la tierra y del cielo, sino para mostrar la sobresaliente grandeza de los bienes venideros y el deseo de verse libre de los males que ahora las invadían. Porque la criatura fue sometida a la vanidad, no de grado, sino por razón de aquel que la sometió. ¿Qué significa que la criatura fue sometida a la vanidad? Que se hizo corruptible. ¿Por qué causa y por qué motivo? Por causa de ti, oh hombre. Pues como tú has tomado un cuerpo mortal y sujeto a padecer, también la tierra recibió maldición y produjo espinas y abrojos. Mas que el cielo, cuando haya envejecido juntamente con la tierra, ha de mudarse después en mejor suerte, óyelo del Profeta cuando dice: Tú, Señor, al principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permaneces; y todos ellos envejecerán como un vestido, y como un manto los enrollarás, y serán mudados. También Isaías declara lo mismo cuando dice: Alzad los ojos al cielo arriba, y mirad la tierra abajo; porque los cielos serán como firmamento de humo, y la tierra envejecerá como un vestido, y del mismo modo perecerán los que en ella habitan. Ahora veis en qué sentido está la criatura sometida a servidumbre de la vanidad, y cómo ha de ser librada de su estado de ruina. Pues el uno dice: Como un vestido los enrollarás, y serán mudados; e Isaías dice: y del mismo modo perecerán los que en ella habitan, no queriendo decir, por cierto, un perecer del todo. Porque tampoco los que en ella habitan, es decir, los hombres, sufren tal cosa, sino un perecer temporal, y por él son mudados a un estado incorruptible; y así, por tanto, lo será también la criatura. Y todo esto lo mostró de paso, con aquel decir del mismo modo, que Pablo dice también más adelante. Por ahora, sin embargo, habla de la servidumbre misma, y muestra por qué razón vino a ser tal, y nos señala a nosotros mismos como causa de ello. ¿Qué, pues? ¿Fue maltratada por cuenta de otro? De ningún modo, porque por causa mía fue hecha. ¿Qué agravio, pues, se le hace a la que fue hecha por mí, cuando padece estas cosas para corrección mía? Aunque, a la verdad, no hay necesidad alguna de suscitar la cuestión de agravio o de derecho tratándose de cosas privadas de alma y de sentimiento. Pero Pablo, como había hecho de ella una persona viva, no se vale de ninguno de estos argumentos que he mencionado, sino de otro género de lenguaje, por querer consolar al oyente con la mayor ventaja. ¿Y de qué género es éste? ¿Qué tienes que decir? —quiere decir—. Fue maltratada por causa tuya y se hizo corruptible; y con todo, no se le ha hecho agravio alguno, porque incorruptible será otra vez por causa tuya. Éste es, pues, el sentido de «en esperanza». Mas cuando dice que no de grado fue sometida, no lo dice para mostrar que esté dotada de juicio, sino para que aprendas que el todo se realiza por el cuidado de Cristo, y que esto no es logro suyo propio. Y decid ahora: ¿en qué esperanza?

Vers. 21. Que también la criatura misma será librada de la servidumbre de la corrupción.

Ahora bien, ¿cuál es esta criatura? No tú solo, sino también aquello que te es inferior y no participa de razón ni de sentido; también esto será partícipe de tus bienes. Pues será librada —dice— de la servidumbre de la corrupción, esto es, ya no será corruptible, sino que acompañará a la hermosura dada a tu cuerpo; así como cuando éste se hizo corruptible, aquélla se hizo también corruptible, así ahora, hecho éste incorruptible, aquélla lo seguirá igualmente. Y para mostrarlo prosigue: A la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Es decir, a causa de la libertad de ellos. Porque, como una nodriza que cría al hijo de un rey, cuando éste ha llegado al poder de su padre, goza ella misma de los bienes juntamente con él, así también es la criatura, quiere decir. Veis cómo en todo lleva el hombre la delantera, y cómo por causa suya han sido hechas todas las cosas. Ved cómo consuela al que lucha, y muestra el amor inefable de Dios hacia el hombre. Pues ¿por qué —diría— te angustias con tus tentaciones? Tú padeces por ti mismo, la criatura por ti. Y no sólo consuela, sino que también muestra ser digno de fe lo que dice. Porque si la criatura, que fue hecha enteramente por ti, está en esperanza, mucho más debes estarlo tú, por quien la criatura ha de llegar al goce de aquellos bienes. Así también los hombres, cuando un hijo ha de presentarse al llegar a una dignidad, revisten aun a los siervos con vestido más brillante, para gloria del hijo; así también Dios revestirá a la criatura de incorrupción para la libertad gloriosa de los hijos.

Vers. 22. Porque sabemos que toda la creación gime y está de parto hasta ahora.

Observad cómo avergüenza al oyente, diciendo casi: No seas tú peor que la creación, ni halles complacencia en descansar en las cosas presentes. No sólo no debemos apegarnos a ellas, sino aun gemir por la tardanza de nuestra partida de aquí. Porque si la creación hace esto, mucho más debes hacerlo tú, honrado como estás con la razón. Mas como esto no bastaba todavía para forzar su atención, prosigue.

Vers. 23. Y no sólo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos dentro de nosotros.

Es decir, habiendo gustado ya de los bienes venideros. Porque, aunque alguno fuese del todo duro como la piedra, lo que ya se ha dado —quiere decir— basta para levantarlo, apartarlo de las cosas presentes y darle alas hacia las venideras por dos caminos: por la grandeza de lo que se le ha dado, y por ser esto, con ser grande y abundante, no más que primicias. Pues si las primicias son tan grandes que por ellas quedamos libres aun de nuestros pecados, y alcanzamos la justicia y la santificación, y los de aquel tiempo tanto expulsaban demonios como resucitaban muertos con su sombra o con sus vestidos, considerad cuán grande ha de ser el todo. Y si la creación, privada como está de mente y de razón, y aun ignorando estas cosas, con todo gime, mucho más debemos gemir nosotros. Luego, para no dar asidero a los herejes ni parecer que menosprecia nuestro mundo presente, gemimos —dice— no como quien reprende el orden presente, sino por el deseo de aquellos bienes mayores. Y esto lo muestra con las palabras: Aguardando la adopción. ¿Qué dices? Óigalo yo. A cada paso lo afirmabas y clamabas a voces que ya habíamos sido hechos hijos, ¿y ahora pones este bien entre las esperanzas, escribiendo que hemos de aguardarlo? Pues bien, para corregir esto con lo que sigue añade: a saber, la redención de nuestro cuerpo. Esto es, la gloria perfecta. Porque nuestra suerte es en verdad incierta al presente hasta el último aliento, pues muchos de nosotros, que éramos hijos, hemos venido a ser perros y cautivos. Mas si partimos de esta vida con buena esperanza, entonces el don es inconmovible, y más claro, y mayor, sin tener ya que temer mudanza alguna de parte de la muerte y del pecado. Entonces, por tanto, será segura la gracia, cuando nuestro cuerpo sea librado de la muerte y de sus innumerables dolencias. Porque ésta es la plena redención: no una redención cualquiera, sino tal que nunca jamás volveremos a nuestra antigua cautividad. Pues, para que no te turbes al oír hablar tanto de la gloria sin alcanzar de ella conocimiento distinto, te expone en parte a la vista los bienes venideros, poniéndote delante la transformación de tu cuerpo, y con ella la transformación de toda la creación. Y esto lo ha puesto en más clara luz en otro pasaje, donde dice: El cual transformará nuestro cuerpo vil, para hacerlo conforme a su Cuerpo glorioso. Y en otro lugar escribe también y dice: Mas cuando este mortal se haya revestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida ha sido la muerte en la victoria. Y para mostrar que, con la corrupción del cuerpo, tendrá también fin la constitución de las cosas de esta vida, escribió asimismo en otra parte: Porque la figura de este mundo pasa.

Homilía 14 sobre Romanos, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Luc. 5, 1-11)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Cum turbæ irrúerent in Jesum, ut audírent verbum Dei, et ipse stabat secus stagnum Genésareth. Et vidit duas naves stantes secus stagnum: piscatóres autem descénderant et lavábant rétia. Ascéndens autem in unam navim, quæ erat Simónis, rogávit eum a terra redúcere pusíllum. Et sedens docébat de navícula turbas. Ut cessávit autem loqui, dixit ad Simónem: Duc in altum, et laxáte rétia vestra in captúram. Et respóndens Simon, dixit illi: Præcéptor, per totam noctem laborántes, nihil cépimus: in verbo autem tuo laxábo rete. Et cum hoc fecíssent, conclusérunt píscium multitúdinem copiósam: rumpebátur autem rete eórum. Et annuérunt sóciis, qui erant in ália navi, ut venírent et adjuvárent eos. Et venérunt, et implevérunt ambas navículas, ita ut pæne mergeréntur. Quod cum vidéret Simon Petrus, prócidit ad génua Jesu, dicens: Exi a me, quia homo peccátor sum, Dómine. Stupor enim circumdéderat eum et omnes, qui cum illo erant, in captúra píscium, quam céperant: simíliter autem Jacóbum et Joánnem, fílios Zebedǽi, qui erant sócii Simónis. Et ait ad Simónem Jesus: Noli timére: ex hoc jam hómines eris cápiens. Et subdúctis ad terram návibus, relictis ómnibus, secuti sunt eum.

Sucedió un día, que hallándose Jesús junto al lago de Genezaret las gentes se agolpaban alrededor de él, ansiosas de oír la palabra de Dios. En esto vio dos barcas a la orilla del lago, cuyos pescadores habían bajado y estaban lavando las redes. Subiendo, pues, en una de ellas, la cual era de Simón, le pidió que la desviase un poco de tierra. Y sentándose dentro, predicaba desde la barca al numeroso concurso. Acabada la plática, dijo a Simón: Guíad mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Le replicó Simón: Maestro, toda la noche hemos estado fatigándonos y nada hemos cogido; no obstante, sobre tu palabra echaré la red. Y habiéndolo hecho, recogieron tan gran cantidad de peces , que la red se rompía. Por lo que hicieron señas a los compañeros de la otra barca, que viniesen y les ayudasen. Vinieron luego, y llenaron tanto de peces las dos barcas, que faltó poco para que se hundiesen. Lo que viendo Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús , diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Y es que el asombro se había apoderado así de él como de todos los demás que con él estaban a vista de la pesca que acababan de hacer. Lo mismo que sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón: No tienes que temer, de hoy en adelante serán hombres los que has de pescar. Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas le siguieron. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Lucas 5, 1-11 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

San Ambrosio, in Lucam lib 4. Cuando Jesús hubo dispensado la salud a varias clases de enfermos, y ni el tiempo ni el lugar detenía a las turbas deseosas de salud, declinó la tarde. Y le seguían. Un lago les disputa el paso, y le rodeaban por todas partes; por ello se dice: "Y aconteció que agolpándose las turbas hacia El", etc.

Crisóstomo. Estaban unidos a El, lo amaban, lo admiraban, y deseaban tenerlo siempre consigo. ¿Quién se separaría de El cuando hacía tales milagros? ¿Quien no querría ver aquel rostro y aquella boca que decía tales cosas? No sólo era admirable cuando hacía milagros, sino que su solo aspecto abundaba en gracia de una manera extraordinaria. Por lo que cuando hablaba le oían con el mayor silencio, y nunca interrumpían su discurso; por esto se dice: "Y acudían a El para oír la palabra de Dios", etc. Prosigue: "Y El estaba a la orilla del lago de Genesareth".

Beda. Aseguran que el lago de Genesareth era el mismo mar de Tiberíades, y que tomó el nombre de mar de Galilea en atención a la provincia que le rodeaba. Genesareth se llama también porque este mar se parece a un lago (que encrespando sus olas parecía que él mismo era quien se agitaba), y en griego quiere decir que engendra la brisa. Sus aguas, en vez de ser tranquilas como las de los lagos, son frecuentemente agitadas por los vientos; son dulces y buenas para beber. Pero en la lengua hebrea se acostumbró a designar con el nombre de mar a toda reunión de aguas, sean dulces o saladas.

Teofilacto. El Señor huye de la gloria, cuanto más ella le persigue, y por ello, separándose de las turbas, entró en la barca. De donde prosigue: "Y vio dos barcos que estaban a la orilla del lago. Y los pescadores habían saltado en tierra, y lavaban sus redes".

Crisóstomo. Lo cual era señal de descanso. Pero, según San Marcos, los encontró remendando sus redes. Tanta era la pobreza de aquellos pescadores que remendaban sus redes, no pudiendo comprar otras. Queriendo reunir oportunamente a toda la concurrencia, y que nadie se quedase a su espalda, y con el fin de que todos le viesen cara a cara, subió en el barco. Por esto dice: "Y entrando en una nave que era de Simón, le rogó", etc.

Teofilacto. He aquí la mansedumbre de Jesucristo, que ruega a Pedro; y la obediencia de Pedro, en todo.

Crisóstomo. Después que hizo tantos milagros, expone de nuevo su doctrina; y encontrándose en el mar, pesca a los que están en tierra. Y de aquí prosigue: "Y estando sentado, enseñaba al pueblo desde la navecilla".

San Gregorio Nacianceno, hom. de repudio. Condescendiendo con todos, a fin de sacar al pez del abismo, esto es, al hombre que nada en las cosas móviles y en las amargas tempestades de esta vida.

Beda. Místicamente hablando, las dos naves representan al pueblo judío y gentil, los cuales vio el Señor, porque conoce quiénes son los suyos en uno y otro pueblo; y al verlos -esto es, visitándolos con su misericordia-, los conduce a la playa tranquila de la vida futura. Los pescadores son los doctores de la Iglesia, que nos pescan con la red de la fe, y -como a la playa- nos conducen a la tierra de los vivos. Pero estas redes unas veces se tienden a la pesca, otras veces se lavan para plegarlas, porque no todo el tiempo es propicio para la predicación, sino que el Doctor debe hablar unas veces y otras ocuparse de sí mismo. La nave de Simón es la Iglesia primitiva, de quien dice San Pablo: "El que hizo a Pedro Apóstol de los circuncisos" ( Gál 2,8). Se dice bien: una barca, porque la multitud de los creyentes tenía sólo un corazón y una alma ( Hch 4,32).

San Agustín, de quaest evang. 2, 2. Desde la cual enseñaba a las turbas; porque enseña a las gentes con la autoridad de la Iglesia. Y en cuanto a lo que dice, que subiendo el Señor al barco suplicó a San Pedro que le separase un poco de la tierra, da a entender que se debe predicar a las gentes con moderación; ni mandándoles lo terreno, ni apartándolos de la tierra a lo profundo de los misterios. También quiere decir que debe predicarse primero a las gentes que están más cerca. Después dice: "Entra más adentro" manda predicar a las naciones más remotas.

San Cirilo. Después que había enseñado bastante al pueblo, vuelve otra vez a sus obras admirables; y por medio del oficio de pescador, pesca a sus discípulos. De donde prosigue: "Y luego que acabó de hablar, dijo a Simón: Entra más adentro, y soltad vuestras redes para pescar".

Crisóstomo. Acomodándose a las circunstancias de los hombres, así como llamó a los magos por medio de una estrella, llama ahora a los pescadores por medio del arte de pescar.

Teofilacto. San Pedro no tardó en obedecer, y por esto prosigue: "Y respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, sin haber cogido nada". No añadió, pues: No te obedeceré, ni me expondré a trabajar por segunda vez en vano; sino que añade: "Mas en tu palabra soltaré la red". Y como el Señor había instruido las turbas desde el barco, no dejó sin recompensa a su dueño dispensándole beneficios de dos maneras: primero, dándole multitud de peces, y después, haciéndolo su discípulo; por lo que sigue: "Y cuando esto hubieron hecho, cogieron una copiosa multitud de peces", etc. Cogió tantos peces, que no pudo sacarlos afuera, sino que tuvo que pedir auxilio a sus compañeros que estaban en otro barco, para que viniesen. Los llama por señas, porque no podía hablar asombrado por la gran cantidad de peces que había cogido; y aquéllos le prestaron su auxilio, porque dice: "Y vinieron, y de tal manera llenaron las dos barcas", etc.

San Agustín, De cons Evang., 2, 9. San Juan parece contar el mismo milagro 1; pero es otro muy distinto, y que se verificó después de la resurrección del Señor en el mar de Tiberíades. No solamente se diferencian estos dos prodigios en cuanto al tiempo, sino también en cuanto a la misma cosa. Porque en el milagro que refiere San Juan se dice que arrojó la red a la derecha, y sacó ciento cincuenta y tres peces; grandes en verdad, y tanto, que el evangelista especificó su magnitud diciendo que, a pesar de ello, las redes no se rompieron; fijándose sin duda, en este otro prodigio que refiere San Lucas, en el que se rompían las redes, por los muchos pescados que habían cogido.

San Ambrosio. Místicamente, la barca de Pedro, que flota según San Mateo y que según San Lucas se llena de peces, figura la Iglesia flotante en su origen, y llena después hasta rebosar. No zozobra ésta que tiene a Pedro; pero fluctúa aquella que tiene a Judas: en una y otra se encuentra Pedro, pero el que permanece firme por sus virtudes es perturbado por las extrañas. Evitemos el trato con el traidor, no sea que vacilemos muchos, empujados por uno solo. Hay perturbación allí donde se encuentra poca fe; y gran seguridad donde hay perfecto amor. Ultimamente, aun cuando se manda a otros que arrojen sus redes, sólo a Pedro se le dice: "Entra más adentro"; esto es, hasta el fondo de la cuestión. ¿Qué cosa hay más elevada que conocer al Hijo de Dios? ¿Mas cuáles son las redes que se manda a los apóstoles tender sino los discursos, que como los rodeos y vueltas de las discusiones no dejan escapar a los que cogen? Los instrumentos de los apóstoles son redes de pesca que no hieren a los que cogen, sino que los reservan; y que, desde el abismo donde se agitaban, los hacen subir a lo más elevado. Dice, pues: "Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, sin haber cogido nada"; porque en realidad el fruto que ha de cogerse por medio de la predicación no depende de los hombres, sino de Dios. Los que antes nada habían cogido ahora hacen una gran pesca con la Palabra de Dios.

San Cirilo. Esto prefiguró lo que había de suceder; no trabajan en balde los predicadores de la doctrina evangélica cuando tienden sus redes, sino que aumentan siempre nuevas comunidades a la Iglesia de Dios.

San Agustín, de cuest. evang. 2, 2. Las redes que se rompían y las barcas llenas de tanta abundancia de peces, que casi se sumergían, significan que habrá en la Iglesia tal multitud de hombres carnales, que la desgarrarán con herejías, y perturbarán su paz con cismas.

Beda. Se rompe la red pero no escapa el pez, porque el Señor defiende siempre a los suyos contra los escándalos de sus perseguidores.

San Ambrosio. La otra nave es el judaísmo, de la que son elegidos San Juan y Santiago. Estos pasaron de la sinagoga a la nave de Pedro -esto es, a la Iglesia-, para que llenasen las dos naves. Todos, pues, se postran cuando se pronuncia el nombre de Jesús, ya sean judíos, ya griegos.

Beda. O la otra nave es la Iglesia de los gentiles, la cual, no siendo suficiente una nave, se llena también de peces escogidos; porque el Señor conoce quiénes son los suyos ( 2Tim 2,19), y sabe el número total de sus elegidos. Aun cuando no encontró a muchos que creyeran en El entre los judíos, sabe perfectamente quienes van a admitir la fe y van a ser premiados con la vida eterna, y busca a los suyos una colocación a propósito en otra nave, llenando también los corazones de los gentiles con la gracia de su fe. La segunda nave se llama cuando se rompe la red. Así, cuando Judas el traidor, Simón Mago, Ananías y Safira y muchos de los discípulos se retiraron, en seguida San Bernabé y San Pablo fueron agregados para el apostolado de los gentiles.

San Ambrosio. También podemos entender que la otra nave representa a otra Iglesia, pues de la única Iglesia se derivan muchas Iglesias particulares.

San Cirilo. Hace señas a sus compañeros para que le ayuden. Muchos continúan los trabajos de los apóstoles; en primer lugar aquéllos que escribieron los Evangelios; después, los que han sido constituidos en pastores y presidentes de los pueblos y en doctores de la verdadera doctrina.

Beda. Las naves de éstos se llenan con aumento cada día, y se llenarán hasta el fin del mundo. Y que después de llenas se sumergen -esto es, que son amenazadas de naufragio porque no han de ser sumergidas, aun cuando peligren-, el Apóstol lo expone, diciendo: "En los tiempos venideros habrá días peligrosos; y habrá hombres egoístas" ( 2Tim 3,1-2). Pues sumergirse las naves significa que los hombres, después que fueron elegidos por la fe, recaen en la inmoralidad del siglo.

San Ambrosio. San Pedro se admiraba de los dones de Dios; y cuanto más tenía, menos presumía. Por lo que dice: "Y cuando esto vio Simón, Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador".

San Cirilo. Trayendo a la memoria todos los pecados que había cometido, tiembla y se estremece, como sucede generalmente que el que está manchado no cree que pueda ser aceptable delante del que está limpio. Sabía por la ley -o había aprendido por la ley-, que debe distinguirse entre el bueno y el malo.

San Gregorio Niceno. Cuando mandó arrojar las redes, se cogió tanta cantidad de peces, cuanta quiso el Señor del mar y de la tierra. La palabra del divino Verbo siempre es la palabra del poder, a cuyo mandato habían nacido la luz y todas las demás criaturas en el principio del mundo. San Pedro se admira de todo esto: "Porque él, y todos los que con él estaban, quedaron atónitos", etc.

San Agustín, de cons. evang. 4, 17. No nombra a San Andrés, el cual debía estar en la misma barca, como dicen San Mateo y San Marcos. Prosigue: "Y Jesús le dijo a Simón: 'No temas'.

San Ambrosio. Di tú también: Señor, apártate de mí, porque soy un hombre pecador, para que Dios responda: "No temas". Debemos confesar nuestros pecados al Señor para que nos trate con indulgencia. Ve cuán bueno es el Señor, cuando concede a los hombres el gran poder de vivificar. Prosigue: "De aquí en adelante serás pescador de hombres".

Beda. Esto se refería a San Pedro de una manera especial, porque así como entonces cogía los peces por medio de sus redes, más adelante habría de coger a los hombres por medio de la palabra. Le da a conocer, a la vez, el orden de todo lo que había de suceder en la Iglesia -cuyo tipo era él- y que todos los días se viene verificando.

Crisóstomo. Observa también la fe y la obediencia de los apóstoles.Teniendo entre manos el trabajo de la apetecida pesca, no se detuvieron en cuanto oyeron la voz del Señor que les mandaba sino que, abandonadas todas las cosas, lo seguían. Una obediencia igual exige Jesucristo de nosotros. Y debemos dejar todas las cosas cuando nos llama, aun cuando nos apremie algo muy necesario; de donde prosigue: "Y acercadas las barcas a tierra", etc.

San Agustín, de cons. evang. 2, 17. San Mateo y San Marcos refieren cómo sucedió esto de una manera breve. San Lucas lo explica de una manera más clara; en lo cual parece que hay alguna diferencia, porque recuerda que únicamente a San Pedro dijo el Señor: "Desde aquí en adelante serás pescador de hombres", y los otros dos Evangelistas dicen que el Señor dijo esto mismo, pero a los dos hermanos. Sin embargo, pudo suceder que primero se lo dijese a San Pedro, porque se había admirado de la gran cantidad de peces que había cogido, según insinúa San Lucas, y a los dos después, lo cual contaron los dos primeros Evangelistas. También puede entenderse que primero medió lo que dijo San Lucas, porque entonces todavía no habían sido llamados por el Señor, sino que solamente se había dicho a San Pedro que sería pescador de hombres; pero no que nunca habría de pescar peces. De aquí se da a entender que aquéllos volverían a pescar peces, y que después sucedería lo que refieren San Mateo y San Marcos. Entonces no habían sacado las barcas a tierra, como con el cuidado de volver a lo mismo, sino que le siguieron, como que los llamaba o mandaba. Pero si, según San Juan, San Pedro y San Andrés habían seguido a Jesús desde las orillas del Jordán, ¿cómo dicen otros Evangelistas que los encontró en Galilea pescando, y los llamó para discípulos suyos? Pero debe entenderse que vieron al Señor junto al Jordán, sin unirse a El inseparablemente, sino que tan sólo conocieron quién era, y habiéndole admirado, se retiraron a sus lugares.

San Ambrosio. En sentido místico, diciendo: "Señor, apartaos de mi", Pedro niega que los que coge con la palabra sean su conquista y su botín. Tampoco tú temas referir a Dios lo que tienes, porque El nos ha concedido lo que era suyo.

San Agustín, De quaest. Evang. 2, 2. O de otro modo, Pedro, en representación de la Iglesia, llena de hombres pecadores, dice: "Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador"; como si la Iglesia, llena de una multitud de hombres pecadores, y casi sumergida por sus costumbres, alejase de ella en cierto modo el reino de las cosas espirituales, en las que sobresale especialmente la persona de Jesucristo. Los hombres no dicen esto con palabras a los buenos ministros del Señor para alejarlos de sí; pero, con la palabra de sus costumbres y de sus acciones, los obligan a que se separen de ellos, para no ser dirigidos por buenos, y con tanto mayor motivo cuanto que así los honran; como San Pedro figuraba su respeto, postrándose a los pies del Señor, al recordar su vida pasada, diciendo: "Señor, apartaos de mí".

Beda. Conforta el Señor el temor de los carnales, para que ninguno, temblando a causa de su conciencia culpable, o desalentado a la vista de la inocencia de otros, tema entrar en el camino de la santidad.

San Agustín, De quaest. Evang. 2, 2. El Señor, no separándose de ellos, da a entender que hombres buenos y espirituales no deben asustarse por los pecados de las turbas, ni tener la voluntad -para vivir con más seguridad y paz- de abandonar el ministerio eclesiástico. En cuanto a que sacaron los barcos a tierra y, dejando todas las cosas, lo siguieron, puede significar el fin del tiempo, en el cual los que hayan continuado unidos a Cristo se apartarán enteramente de la mar de este mundo.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena