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lunes, 27 de mayo de 2013

San Beda el Venerable, Doctor

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fue san Beda, a quien la posteridad agradecida apellidó el Venerable, uno de los mayores luminares que iluminaron a la Iglesia en los siglos oscuros, padre de la historia de su nación y único hijo de la isla de Inglaterra a quien la Sede Apostólica ha honrado con el título de Doctor. Nació hacia el año de 672, en aquellas tierras del reino de Northumbria que riegan los ríos Wear y Tyne, y que habían de hacerse célebres por los dos monasterios gemelos de San Pedro de Wearmouth y San Pablo de Jarrow. Diríase que el Cielo, que había de servirse de él para conservar a los venideros la memoria de tantos santos, quiso que su cuna se meciera a la sombra misma del claustro en que había de morir.

No consintió la divina Providencia que aquel niño escogido gastase en el mundo los primeros ardores de su alma. A los siete años de su edad le entregaron sus parientes al cuidado del muy reverendo abad Benito Biscop, aquel varón infatigable que tantas veces atravesó los mares hasta Roma y volvió cargado, no de las vanidades del siglo, sino de libros y de reliquias de los santos. Bajo su gobierno, y después bajo el del abad Ceolfrido, se crio el tierno Beda en el santo temor de Dios y en el amor a las letras sagradas; y bien presto dio el niño muestras de aquella aplicación y de aquella modestia que habían de ser el ornamento de toda su vida.

Creció el siervo de Dios en las ciencias, y mucho más en la virtud. Toda su ambición se cifraba en el coro, en el estudio y en el silencio de la celda; y él mismo confesó de sí, con santa sencillez, que fuera del oficio divino no conoció otro deleite que el de aprender, enseñar o escribir. ¡Dichosa la juventud que, en lugar de disiparse en los devaneos del siglo, se consagra entera al servicio del Señor! A los diecinueve años recibió el diaconado, y a los treinta el sacerdocio, entrambas órdenes de manos del santo obispo Juan, a quien la tradición identifica con San Juan de Beverley, y por instancia del abad Ceolfrido, que bien conocía el tesoro que la casa poseía en aquel joven monje.

Fue Beda monje de la observancia de San Benito, y en el claustro de Jarrow pasó casi entera su vida, sin apartarse apenas de él, contento con aquella soledad en que le hablaba Dios. Pero no fue su retiro estéril ocio, sino trabajo perpetuo por la gloria de la Iglesia. Escribió cerca de cuarenta y cinco libros, en que abrazó toda la ciencia de su tiempo: comentarios sobre casi todos los libros de la Escritura, apoyados siempre en la doctrina de los Padres Agustín, Gregorio y Jerónimo; tratados de cómputo y de las edades del mundo, homilías, martirologio, y aun tratados de las artes liberales para instrucción de sus discípulos. A él se debe en gran parte que se extendiera el uso de contar los años desde el nacimiento del Salvador, de suerte que hasta el modo con que hoy señalamos las fechas trae memoria de aquel humilde monje.

Mas la obra que sobre todas le inmortalizó fue la Historia eclesiástica del pueblo inglés, que acabó hacia el año de 731, y en la cual conservó para siempre la memoria de la conversión de su patria a la fe de Cristo. Sin él, sepultadas quedaran en el olvido las hazañas de tantos apóstoles y mártires de aquella isla; y con razón le llaman padre de la historia de su nación, pues supo unir, cosa rara, la exactitud del sabio con la piedad del santo, escribiendo no para adular a los príncipes de la tierra, sino para edificación de las almas y honra de Dios.

No por encerrado en su celda fue Beda indiferente a los males de la Iglesia. Movido de aquel celo que enciende a los verdaderos siervos de Dios, alzó su voz, en una carta a Egberto, contra la relajación de ciertos monasterios que solo lo eran en el nombre, y que, convertidos en refugio de la codicia de los seglares, debilitaban al reino y escandalizaban a los fieles. Que ni la más profunda humildad ni el más recatado retiro dispensan al justo de defender la casa de Dios cuando la ve profanada.

Quiso el Señor que la muerte de tan fiel servidor fuese tan preciosa y ejemplar como lo había sido su vida, y de ella nos dejó relación fidelísima su discípulo Cutberto. Hallábase ya Beda gravemente enfermo en la vigilia de la Ascensión del año de 735, y, con todo, no cesaba de dictar la traducción del Evangelio de San Juan a la lengua de los suyos, por no dejar a sus discípulos, según él decía, cosa alguna falsa después de su muerte. Trabajaba el santo anciano entre suspiros y lágrimas de devoción, sin desmayar en la tarea.

Entrada ya la tarde, díjole el joven amanuense Wiberto: «Amado maestro, aún queda un capítulo; ¿os será penoso que os pregunte todavía?» Y respondió Beda: «No; toma la pluma, prepárala y escribe aprisa». Poco después añadió el muchacho: «Maestro, ya no resta sino una sola frase». Dictóla el santo, la escribió el niño, y dijo: «Ya está acabado». «Bien has dicho —respondió Beda—: consummatum est, todo está acabado». Y pidiendo que le sostuviesen la cabeza y le volviesen hacia el lugar del oratorio donde solía orar, sentado en el suelo y cantando el «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo», entregó dulcemente su alma al Criador. ¿Cabe morir más santamente que muriendo en las manos la palabra de Dios y en los labios la alabanza de la Trinidad?

Trasladáronse después sus venerables reliquias a la catedral de Durham, donde reposan y son honradas; y su culto se difundió tan presto, que ya antes de dos generaciones le daban por común aclamación el nombre de Venerable. Refiérese, según piadosa tradición que las historias antiguas no autorizan, que un monje encargado de componer su epitafio no acertaba a completar el verso, y que, quedándose dormido, halló al despertar intercalada por mano desconocida, tenida por angélica, la palabra «venerabilis»; pero, sea de esto lo que fuere, cierto es que aquel título, que solía darse a los sacerdotes y monjes esclarecidos, en ninguno se verificó con más razón que en Beda.

Consideremos, para provecho nuestro, cómo quiso Dios glorificar a este santo que en vida no buscó gloria ninguna, sino esconderse en el trabajo y en la obediencia. Muchos siglos después, el papa León XIII, por su decreto del año de 1899, le declaró Doctor de la Iglesia universal y señaló su fiesta al día veintisiete de mayo. Aprendamos de él que no hay estado, por retirado y oscuro que parezca, en que no pueda un alma hacerse grande delante de Dios, si sabe santificar sus ocupaciones ordinarias; y pidámosle que, ya que veneramos su ciencia, imitemos aquella humildad y aquel amor a la santa Escritura con que mereció morir traduciendo la palabra del Salvador. Así sea.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).