En Francia, un párroco autoriza proyectar el Mundial en su iglesia; en Madrid, el Padre Ángel lleva años banalizando los templos al estilo protestante.
El partido Noruega–Francia del Mundial 2026, disputado el 26 de junio con victoria gala por 4–1, se retransmitió en el interior de la iglesia de Ligny-en-Barrois, en la Mosa francesa. El párroco del lugar autorizó expresamente la iniciativa municipal, que el alcalde Jean-Michel Guyot presentó como un gesto de «bien vivir juntos». No es un caso aislado: la lógica de vaciar el templo de sacralidad para llenarlo de actividades mundanas lleva décadas propagándose por toda la Iglesia postconciliar.
El ayuntamiento de Ligny-en-Barrois publicó en su página oficial de Facebook: «L’abbé autorise la diffusion du match dans l’église, merci à lui» —el cura autoriza la difusión del partido en la iglesia, gracias a él—. Que la autoridad civil agradezca públicamente al sacerdote por entregar la casa de Dios al espectáculo futbolístico lo dice todo sobre el estado espiritual de ese clero. La Marsellesa resonando entre las naves donde antes se elevaba el Kyrie eleison: es la imagen exacta de lo que el Concilio Vaticano II ha producido en cincuenta años de «apertura al mundo».
Porque el problema no es un párroco díscolo de la Mosa. El problema es un sistema. En España, el ejemplo más conocido y celebrado es el del Padre Ángel García Rodríguez, prebítero de la diócesis de Madrid que ha convertido su iglesia de San Antón en un recurso polivalente: comedor social, refugio nocturno, espacio de eventos. Las crónicas de prensa lo presentan como modelo de «Iglesia cercana»; la realidad es que el templo —la domus Dei, la casa de Dios— queda rebajada a sede de ONG con crucifijo de fondo. Otras diócesis siguen la misma senda: conciertos de pop, proyecciones cinematográficas, ferias solidarias celebradas bajo las bóvedas que antes cobijaban el Santo Sacrificio. El principio es idéntico en Ligny-en-Barrois que en la calle Hortaleza de Madrid: el templo no es un lugar aparte, sino un recurso comunitario más.
El derecho canónico tradicional y el sentido perenne de la fe enseñan exactamente lo contrario. Domus mea domus orationis vocabitur —«Mi casa será llamada casa de oración»— tronó Nuestro Señor antes de expulsar a los mercaderes (Mt 21, 13). El templo consagrado está sustraído al uso profano no por una convención cultural, sino porque en él habita sacramentalmente Jesucristo. Que un párroco postconciliar entregue esa presencia a los gritos de un partido de fútbol no es «creatividad pastoral»: es ignorancia o indiferencia ante lo sagrado, cuando no algo peor. El cardenal Robert Sarah lo advirtió con claridad en su día: la casa de Dios exige silencio, reverencia y separación del mundo. Ninguna canícula ni ningún Mundial lo cambia.
Los fieles que aún conservan la fe deben reconocer en estos gestos no excentricidades individuales sino el fruto maduro de una revolución eclesiástica que lleva décadas destruyendo el sentido de lo sagrado. Ante tanta blasfemia, sacrilegios y burlas satánicas, hay que recordar dos cosas: primero que estos templos, en los que se celebra la falsa misa modernista, en realidad solo son templos desacralizados hace medio siglo. Pero que la burla de lo más sagrado es evidente y que participar en los ritos de esta secta es completamente pecaminoso.
Fuentes:
- L’Est Républicain vía TitresPresse
- Mairie de Ligny-en-Barrois (Facebook oficial)
- Footmercato – Resultado Noruega–Francia CDM 2026
- Olympics.com – France–Norvège Coupe du Monde 2026
- Tribune Chrétienne (@tribuchretienne) en X