León XIV, imagen publicitaria de Ferrari: hipocresía farisaica en Castel Gandolfo

El «papa de los pobres» se sienta al volante de un superdeportivo eléctrico de precio astronómico mientras el mundo católico se divide.

El martes 26 de mayo de 2026, Robert Prevost —quien ocupa la sede de Pedro bajo el nombre de León XIV— recibió en Castel Gandolfo al presidente de Ferrari, John Elkann, para la presentación del nuevo Ferrari Luce, primer vehículo totalmente eléctrico de la marca del Cavallino Rampante y primer modelo de cinco plazas de su historia. El acto, cuidadosamente escenificado, sirvió de lanzamiento mediático global para un automóvil cuyo precio de salida supera con creces los 500.000 euros. La imagen del «papa de los pobres» sentado al volante de semejante máquina ha encendido la polémica en el mundo católico.

Según el comunicado oficial de Ferrari, Elkann acudió acompañado del consejero delegado Benedetto Vigna y del piloto de pruebas Raffaele De Simone, quien explicó los controles del vehículo al propio Prevost. Las fuentes difieren en si hubo conducción efectiva o una presentación estática; lo que no admite duda es el alcance propagandístico del acto. Ferrari obtuvo en pocas horas una cobertura mediática global imposible de pagar con ningún presupuesto publicitario convencional. Como obsequio simbólico —el coche no se lo llevó, claro—, Elkann entregó al Papa el volante del Luce. Un detalle que, lejos de atenuar la escena, la rubrica: Prevost se presta al show, acepta el souvenir y bendice, implícitamente, la marca. Quid pro quo de manual.

La contradicción salta a los ojos de cualquier católico que no haya perdido el sentido común. El mismo hombre que apostrofa al capitalismo salvaje, que invoca a los migrantes y a los descartados en cada aparición pública, presta su imagen —y la de la institución que dice representar— a una firma cuyos clientes pertenecen, sin excepción, al uno por ciento más rico del planeta. Esto no es caridad; es lo que la tradición moral llama hipocresía farisaica: «Vae vobis, Scribae et Pharisaei hypocritae» (Mt 23, 27). La misión de quien ocupa —o dice ocupar— la Cátedra de Pedro no es hacer de brand ambassador de Ferrari ni de ninguna otra marca mundana, sino la salvación de las almas: Ite, docete omnes gentes.

Las reacciones no se han hecho esperar. En el mundo católico tradicional, la imagen ha provocado un rechazo unánime: varios comentaristas de gloria.tv y foros sedevacantistas han señalado que el episodio confirma que Prevost antepone la relevancia mediática a la predicación del Evangelio. Desde sectores «conservadores» del novus ordo han surgido voces más condescendientes —«también un Papa necesita un respiro»— que revelan hasta qué punto el catolicismo posconciliar ha normalizado el papanatismo mundano. Significativamente, el ex presidente de Ferrari Luca di Montezemolo fue más crítico con el propio automóvil que cualquier obispo con la actuación de Prevost: «Corremos el riesgo de destruir una leyenda», declaró, añadiendo con sorna: «Al menos los chinos no copiarán este coche». Ese mismo día las acciones de Ferrari cayeron un seis por ciento en bolsa.

La Iglesia de siempre jamás confundió su misión con la promoción de los intereses temporales de los poderosos. Los santos Papas que la historia venera son recordados por sus martirios, sus definiciones dogmáticas y su celo por las almas, no por aparecer en el lanzamiento de automóviles de lujo. Lo que se exhibe en Castel Gandolfo no es humildad ni cercanía al pueblo: es vanidad de vanidades recubierta de buenas intenciones. Omnia vanitas (Eccl 1, 2). Que cada católico que permanece fiel a la Tradición saque sus propias conclusiones.

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