Con la publicación de Magnifica humanitas, primera encíclica de León XIV, la iglesia conciliar ha dado el paso que llevaba sesenta años preparando: convertir el gobierno mundial, que la Iglesia siempre identificó con el reinado del Anticristo, en programa pontificio explícito.
Lo que la Iglesia siempre enseñó
Durante dos mil años, el pensamiento católico leyó la concentración del poder político universal a la luz de Daniel y del Apocalipsis. La cuarta bestia de Daniel 7 —y la bestia que sube del mar en Apocalipsis 13, a la que «se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación»— figuran un dominio mundial único, no regional, que culmina en el «cuerno pequeño» soberbio. San Pablo lo llama el «Hombre de Pecado», que «se sienta en el templo de Dios […] haciéndose pasar por Dios» (2 Tes 2, 4). Y ese poder ejerce el control económico total: «ninguno pudiese comprar ni vender, sino que tuviese la marca» (Ap 13, 17). La unificación política del orbe no era, para la Tradición, una meta: era el rostro del Anticristo.
La secta del Vaticano II invirtió ese juicio. Lo que la doctrina social venía gestando desde finales del siglo XIX cuajó en Pacem in Terris (1963), donde Juan XXIII enseñó que «el bien común universal exige una autoridad pública mundial». Pablo VI reclamó «un orden jurídico universalmente reconocido» (Populorum Progressio); Benedicto XVI pidió expresamente «una verdadera Autoridad política mundial» (Caritas in Veritate, 67); Francisco la prolongó hacia el clima y la migración (Laudato Si’, 175; Fratelli Tutti, 172). El Anticristo de los Padres se había transformado en progreso humano y necesidad histórica.
León XIV, apologeta a tiempo completo
Lo que en sus predecesores era un punto entre muchos, en León XIV es la obsesión central. Desde el comienzo de su pontificado se ha erigido en propagandista incansable de la gobernanza global. Ante la Asamblea General de la ONU sostuvo que «ningún Estado, por más poderoso que sea, puede controlar de forma aislada las corrientes financieras, ecológicas y tecnológicas», y reclamó «una estructura de gobernanza mundial». En Davos exigió a los grandes del poder económico someterse a una política multilateral. Ante la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales llegó a invertir el principio de subsidiariedad para presentar el rechazo del gobierno mundial como una claudicación ante las corporaciones. No es un tema más de su magisterio: es su bandera.
La tesis de Magnifica humanitas
La encíclica consuma el giro con un argumento de apariencia astuta. El diagnóstico (n. 8): el poder real ya no está en los Estados, sino en los gigantes tecnológicos privados, que gobiernan «de facto» el destino de la humanidad mediante el algoritmo, los datos y las armas autónomas. La conclusión: para impedir un gobierno mundial de las corporaciones, hay que acelerar un gobierno mundial político. León XIV no pide menos centralización, sino más: tratados internacionales vinculantes con capacidad de sanción (n. 25), una autoridad supranacional «con dientes» (n. 29) y una «algorética» que someta hasta el diseño del código (n. 31). El remedio que ofrece al poder global privado es, palabra por palabra, otro poder global.