Una parroquia de la diócesis de Bilbao declara el purgatorio «cosa de tiempos pasados» y promete el cielo a todos los difuntos. Trento lo condenó con anatema; la Roma conciliar llevaba treinta años preparándolo
Ante el retablo de las Ánimas de Santa María de Bermeo, en Vizcaya, alguien ha colocado un cartel bilingüe que explica al visitante que aquella talla «corresponde a una manera de pensar de «tiempos pasados»», que «no merece la pena creer en un Dios así» y que debe tener «confianza en que todos tus seres queridos viven felices junto a Dios». Parece el desvarío de una parroquia vasca. No lo es: es la última estación de un camino que empezó en Roma.

Lo que el retablo enseñaba
El retablo es elocuente por sí solo. Arriba, un sacerdote ofrece la Misa y, a su lado, un ángel saca un alma de las llamas; abajo, las almas que esperan. Es una catequesis en madera de lo que el Concilio de Trento mandó predicar: que existe el purgatorio y que «las almas allí detenidas son ayudadas por los sufragios de los fieles y particularmente por el aceptable sacrificio del altar». Y el mismo decreto ordena a los obispos que esa doctrina «sea creída, mantenida, enseñada y en todas partes predicada» (ses. XXV, Denz. 983). En Bermeo, la Cofradía de las Benditas Ánimas tenía estatutos desde 1846, explicados a los fieles también en euskera. Se cumplía el mandato.
El cartel lo niega en tres frases, y las tres tienen respuesta definida.
Que el purgatorio sea cosa de otro tiempo. Trento no lo dejó a la sensibilidad de cada época. Lo puso entre los anatemas del decreto de la justificación: «Si alguno dijere que […] no queda reato alguno de pena temporal que haya de pagarse o en este mundo o en el otro en el purgatorio, antes de que pueda abrirse la entrada en el reino de los cielos, sea anatema» (ses. VI, can. 30, Denz. 840).
Que Dios no haga sufrir. La pena no la inventaron los tallistas. La Escritura alaba a Judas Macabeo porque mandó ofrecer sacrificios por los caídos: «Es, pues, un pensamiento santo y saludable el rogar por los difuntos, a fin de que sean libres de sus pecados» (2 Mac 12, 46). Por quien ya está en la gloria no se reza para que quede libre de nada. Y Trento anatematiza a quien diga que la Misa «no debe ser ofrecida por los vivos y los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones» (ses. XXII, can. 3, Denz. 950): penas, en plural, y de difuntos.
Que todos estén ya con Dios. Benedicto XII definió en Benedictus Deus (1336) que ven a Dios cara a cara las almas en que no hay nada que purgar, o las que, si lo había, «después de su muerte se hubieren purgado». Y en la misma constitución, que «las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno» (Denz. 530-531). Ni salvación automática ni cielo sin purificación.
De dónde viene el «todos»
Lo más grave del cartel no es la frase sobre el purgatorio, sino la otra: todos tus seres queridos, sin excepción, viven felices junto a Dios. Esa frase tiene autor conocido, y no es vasco.
El 1 de noviembre de 1993, en el cementerio romano del Campo Verano, Karol Wojtyła quiso abrazar en la oración a todos los difuntos «del orbe», «dondequiera» estuvieran sepultados, y concluyó: «Vengan de donde vengan, todos «han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero». Y ahora están de pie delante de ti». La homilía nombra el purgatorio, pero no lo necesita para vaciar el infierno: si todos están salvados, nadie se ha condenado, estén ya en el cielo o purificándose.
Seis años después, el 4 de agosto de 1999, el mismo Wojtyła explicó en una catequesis que el término purgatorio «no indica un lugar, sino una condición de vida». Una semana antes había dicho del infierno algo parecido: «más que un lugar», una «situación». Un infierno sin condenados y un purgatorio sin lugar: de ahí al cartel de Bermeo solo faltaba que alguien lo escribiera y lo pusiera delante de un retablo.
Por eso tampoco basta la respuesta que se le ha dado, que alega el Catecismo de 1992. Ese Catecismo es obra del mismo Wojtyła que predicó en el Campo Verano, y no hace autoridad: la hacen Trento y Benedictus Deus, que no admiten la homilía de 1993. Quien defiende el purgatorio con los textos de la Roma conciliar usa el arma de quien lo desmontó.
Lo que se pierde
El cartel termina diciendo que esa «esperanza» ayuda «a ser buenas personas con todos». Lo que de verdad se pierde es otra cosa: las almas que esperan. Si todos están ya con Dios, nadie reza por ellas, nadie manda decir Misas, nadie gana indulgencias. Las primeras víctimas de la doctrina nueva son los difuntos de Bermeo, a los que sus propios nietos dejarán de socorrer.
Noviembre, el mes de las ánimas, está a tres semanas. Es buen momento para hacer lo que el retablo pedía y el cartel prohíbe: rezar por los difuntos y ofrecer por ellos la Misa de siempre. Requiem aeternam dona eis, Domine.
Fuentes:
- Infovaticana: «Una iglesia de Bermeo presenta el purgatorio como una creencia «de tiempos pasados»» (7-X-2026)
- Concilio de Trento, ses. VI, can. 30 (Denz. 840); ses. XXII, can. 3 (Denz. 950); ses. XXV, Decreto sobre el purgatorio (Denz. 983)
- Benedicto XII, Benedictus Deus (29-I-1336), Denz. 530-531
- 2 Mac 12, 46 (trad. Straubinger)
- Juan Pablo II, homilía en el Campo Verano (1-XI-1993)
- Juan Pablo II, audiencia general del 4-VIII-1999
- Catálogo de las herejías de Karol Wojtyła, fichas 6 y 35
Imagen destacada: Alonso Cano, «Las Ánimas del Purgatorio» (1636), Museo de Bellas Artes de Sevilla. Foto: Jl FilpoC, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
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