lunes, 28 de septiembre de 2026 ✠ San Wenceslao, Duque y Mártir

Hacia la religión masónica universal: la apostasía de Metz

Seis «responsables de cultos» firman ante León XIV un llamamiento a la paz que nombra a Dios una sola vez, para decir que no se le puede invocar, y a Cristo ninguna

El 28 de septiembre, último día del viaje de León XIV a Francia, un cardenal, un gran rabino, el rector de la Gran Mezquita de París, un pastor protestante, un metropolita ortodoxo y un responsable budista leyeron por turnos, en su presencia, un texto que habían redactado juntos, y lo firmaron. Lo llaman el «Llamamiento de Metz». En todo el documento Dios aparece una vez y Cristo ninguna.

Cuarenta años después de Asís

El texto confiesa su genealogía en la primera línea: «Desde el encuentro de Asís, hace cuarenta años, el mundo ha cambiado profundamente». Sigue un diagnóstico de organismo internacional —guerras, desigualdades, ecología, tecnología— sin una palabra del pecado ni de la apostasía de las naciones. Pío XI lo había resumido en un lema: Pax Christi in regno Christi, la paz de Cristo en el reino de Cristo (Ubi arcano, 1922).

El remedio es igual de humano: los firmantes se comprometen a «servir juntos a toda la familia humana», porque las religiones «tienen una responsabilidad particular para construir y mantener la paz». No la da Dios: la construyen los hombres, y la religión es la herramienta. Las religiones son, dice el texto, «una vía privilegiada hacia esa paz desarmada y desarmante a la que nos llama Su Santidad el papa León XIV». No llevan a Dios ni a la vida eterna, sino a la consigna de Prevost.

La fórmula de 1723

El llamamiento se cierra así: «Somos diferentes por nuestras convicciones religiosas, pero estamos unidos por la responsabilidad de servir juntos la paz en el mundo». Compárese con el artículo I de las Constituciones de Anderson (Londres, 1723), carta fundacional de la masonería moderna: obligar a los hermanos solo «a aquella religión en la cual todos los hombres convienen, dejándoles para sí mismos sus opiniones particulares», para que la logia sea «el Centro de Unión» entre personas que «deberían haber quedado a perpetua distancia».

León XIII llamó a esa tesis, en Humanum genus (1884) «el grande error de estos tiempos, a saber, el indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos». Pío XI prohibió a los católicos tomar parte en estas reuniones, porque se fundan en «la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables», y quien la sostiene «se aparta totalmente de la religión revelada por Dios» (Mortalium animos, 1928). El texto remata que su obra «se inscribe plenamente en los principios constitucionales que garantizan la libertad de conciencia y el libre ejercicio de los cultos»: la ley francesa de separación de 1905, que san Pío X condenó en Vehementer nos (1906).

«Jamás en nombre de Dios»

La única vez que el texto nombra a Dios es para prohibir invocarlo: «ni el nombre de Dios ni ninguna verdad religiosa ni tradición espiritual pueden invocarse jamás para justificar la violencia y el odio». León XIV lo dijo ese día con sus palabras: invocar el nombre de Dios para legitimar la violencia «es una profanación».

La frase no distingue la violencia injusta de la guerra justa, y condena las dos: a Josué, a quien Dios entregó Jericó; a los Macabeos; a Urbano II; a san Pío V, que atribuyó Lepanto al Rosario. Si el nombre de Dios no puede invocarse jamás, la Escritura y la Iglesia se equivocaron durante siglos. Ya lo vimos cuando Prevost enmendó a Josué y a san Agustín.

Lo mismo pasa con la «cultura de la acogida» que el texto pide a las comunidades, firmado junto al rector de la Gran Mezquita. La hospitalidad es caridad cristiana, pero el cristiano acoge al extranjero para darle a Cristo. Aquí se le acoge para confirmarlo en su religión, y a Europa se le exige la virtud cristiana después de haberle quitado a Cristo.

El evangelio del día

El 28 de septiembre es san Wenceslao, duque de Bohemia, asesinado por su hermano cuando iba a la iglesia. Su misa lee: «No tenéis que pensar que yo haya venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra; pues he venido a separar al hijo de su padre, y a la hija de su madre […], y los enemigos del hombre serán las personas de su misma casa» (Mt 10, 34-36).

Cristo trae una paz que el mundo no puede dar (Jn 14, 27), y la trae dividiendo, porque exige elegirlo a Él. La de Metz no divide a nadie porque no exige creer en nada. Por eso Prevost se ha cuidado de decir en París que el cristiano no hace proselitismo. Una paz firmada junto a quienes niegan que Jesús sea el Cristo, y que calla su nombre para no ofenderlos, tiene nombre en la Escritura: «¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo?» (1 Jn 2, 22).

Pidamos a san Wenceslao la fortaleza de los que prefirieron la espada de Cristo a la paz del mundo.

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Fuentes:

De la editorial
Cubierta de Piedrasanta

Piedrasanta

La novela y los diálogos

La novela de la comunidad católica en tiempos de apostasía. — Miguel Echeverría

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