La moda burdel

!Maniquíes en un escaparate de moda

Ocurre todo el año, pero el verano lo desnuda: las mujeres no solo muestran el cuerpo, sino que visten con una desvergüenza que ni las prostitutas de antaño se habrían atrevido a exhibir en público por miedo al rechazo social. Y a su estela, los hombres imitan a las mujeres: minipantalones, colores antes reservados a ellas, cuerpos depilados como bailarinas. Hoy es raro cruzarse con un joven que no lleve las piernas al aire, incluso en invierno, incluso bajo un pasamontañas que tapa todo salvo lo que se ha decidido enseñar.

Es difícil encontrar otra explicación que la caída total de la moral, que ha convertido a los seres humanos en carne expuesta en el escaparate de una casa de subastas. Una dinámica que empezó en las playas y ha terminado en cualquier sitio: centros de trabajo, universidades, misas dominicales de la secta del Vaticano II.

La vestimenta es solo el reflejo de un comportamiento: personas volcadas hacia fuera, sin nada íntimo que proteger, cáscaras vacías. Y la lógica final es la destrucción de la familia. ¿Quién puede casarse con una mujer que ha hecho de su cuerpo dominio público? ¿Quién puede tener hijos con personas que se han convertido en personajes públicos en el peor sentido? Sin familia no hay sociedad, ni patria, ni pertenencia.

Esta degradación moral, vestida de «moda», ha existido siempre. Lo nuevo es su generalización absoluta, que estalló en los años sesenta, precisamente con el Vaticano II.

Cuando el Papa tiene que explicar cómo vestirse

Ya en 1928 la Sagrada Congregación de Religiosas tuvo que advertir contra la falta de pudor cristiano en el vestir de las jóvenes, y dos años después, el 12 de enero de 1930, la Santa Sede, por mandato de Pío XI, debió detallar lo que hoy parecería de Perogrullo: el escote no debe superar los dos dedos bajo el cuello, las mangas deben cubrir hasta el codo, el vestido debe llegar bajo la rodilla, nada de tejidos transparentes. Cuando un Papa tiene que explicar con esa minucia cómo vestirse decentemente, es la prueba de que la noción misma de pudor ya se había perdido.

Años después, su sucesor Pío XII se quejaba con amargura todavía mayor:

> «Veo con profunda tristeza como las modas indecentes, como lepra en el cuerpo de la sociedad, han invadido todos los ambientes. En las playas, balnearios y en la ciudad ya no se puede estar sin encontrarse con escenas lamentables de señoras y señoritas que, bajo el pretexto de seguir la moda, exponen impúdicamente sus cuerpos como ganado. Nosotros reprobamos enérgicamente tales costumbres paganas y exhortamos a los prelados y demás sacerdotes que prediquen a tiempo y a destiempo en contra de las modas indecentes, y prohíban que las mujeres asistan a los divinos Oficios en trajes inmodestos, ni menos que puedan comulgar ni ser madrinas, y que los confesores nieguen la absolución a aquellas mujeres que no quieran apartarse de seguir las malas modas.»

>

> — Pío XII, Alocución a las mujeres cristianas, 29 de agosto de 1954

Y, sin embargo, todo límite estalló pocos años después, en los sesenta.

Hay una expresión muy descriptiva de ese proceso: katechō (κατέχων), que aparece como to katechon (τὸ κατέχον, «lo que detiene») en 2 Tesalonicenses 2:6, y ho katechon (ὁ κατέχων, «el que detiene») en el versículo 7. La Iglesia era la barrera que impedía el poder del Anticristo sobre la humanidad. Una vez desaparecida del horizonte del hombre —sustituida por la secta nacida en el Concilio—, el mal explotó e impuso su poder sobre la inmensa mayoría de los hombres.

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