martes, 29 de septiembre de 2026 ✠ La Dedicación de San Miguel Arcángel

Condenar el proselitismo para destruir la Iglesia

De la «solemne necedad» de Bergoglio al Elíseo de Prevost: en trece años, convertir ha pasado a ser una tontería, un pecado, un veneno y, por fin, una acusación de la que el cristiano debe defenderse

El 25 de septiembre, en el Palacio del Elíseo, Robert Prevost («León XIV») dijo ante Macron que el cristiano «no puede ser considerado un proselitista ni una amenaza para la unidad de la patria». No reclamaba el derecho a convertir a Francia. Daba por supuesto que convertir es algo de lo que hay que exculparse. La frase no es suya: es el último eslabón de una cadena que se ha forjado a la vista de todos.

Cuatro eslabones de una misma cadena

En octubre de 2013, Bergoglio le dijo a Eugenio Scalfari en La Repubblica: «El proselitismo es una solemne necedad, no tiene sentido». En octubre de 2016, ante un grupo de peregrinos luteranos, lo llamó «el veneno más fuerte contra el camino del ecumenismo» y añadió que «no es lícito convencer» a otro de la propia fe. Ese mismo mes, en una entrevista publicada por La Civiltà Cattolica en vísperas del viaje a Lund, remató: «Hacer proselitismo en el ámbito eclesial es pecado. […] El proselitismo es una actitud pecaminosa».

El 16 de septiembre de este año, la nota vaticana por los sesenta años de Nostra aetate declaró que el proselitismo «ya no tiene sentido» en una «aldea global». Nueve días después, en el Elíseo, el cristiano ya es el acusado.

Enfrente está la orden del Señor, que no admite glosa: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, se salvará; mas el que no creyere, se condenará» (Mc 16, 15-16). Y le puso plazo: «hasta la consumación de los siglos» (Mt 28, 20). Los apóstoles murieron por proselitistas. Lo que la secta llama pecado es exactamente lo que Cristo mandó.

Si todas valen, convertir sobra

La condena del proselitismo no es un exceso de delicadeza pastoral. Es una consecuencia lógica. Si las otras religiones salvan, convertir a sus fieles es una agresión inútil. Y eso ya estaba escrito en 1964, en Unitatis redintegratio 3: el Espíritu de Cristo «no ha rehusado servirse» de las comunidades separadas «como medios de salvación». Bergoglio y Prevost no inventan nada: sacan la conclusión.

Pío XI la había visto venir. En Mortalium animos (1928) explica que esas tentativas de unión se fundan «en la falsa opinión de que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables», y que llevan al indiferentismo. La regla católica es la contraria: «la unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo». Pío XII la repitió en 1949, en la instrucción del Santo Oficio sobre el movimiento ecuménico: no se debe callar ni esconder con palabras ambiguas «la única unión legítima que se consuma con el retorno de los disidentes». Lo que Pío XII mandaba no callar, la secta lo llama pecado.

El obstáculo de la religión universal

Las Constituciones masónicas de Anderson (1723) sustituyeron la antigua obligación de ser fiel «a Dios y a la Santa Iglesia» por «la religión en que todos los hombres convienen, dejando aparte las opiniones particulares». A esa religión solo le estorba una cosa: alguien que sostenga que la suya es la única verdadera y salga a predicarla. Eso es el proselitismo. Por eso hay que quitarlo de en medio.

San Pío X le puso nombre en Notre charge apostolique (1910): un «gran movimiento de apostasía, organizado, en todos los países, para el establecimiento de una Iglesia universal que no tendrá ni dogmas, ni jerarquía, ni regla para el espíritu, ni freno para las pasiones». Es la que se ensayó estos días en Metz. Y su centro no es Dios, sino el hombre, lo que el mismo santo, en E supremi (1903), señaló como «nota propia del Anticristo»: el hombre que «se ha puesto en el lugar de Dios».

No es un error: es un programa

Un error se comete y se corrige. Esto se repite desde hace sesenta años con una coherencia que ningún despiste explica. Cada ocupante retira una pieza: primero la verdad única, luego la necesidad de la Iglesia, luego el deber de convertir y, por último, hasta el derecho a desearlo. Así, pieza a pieza, se desmonta el cristianismo hasta que deje de estorbar.

San Pablo dejó escrito el orden: «no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado» (2 Tes 2, 3). Una Iglesia que no convierte a nadie no detiene a nadie. Al católico le toca lo contrario de lo que se le pide en el Elíseo: predicar a Cristo a tiempo y a destiempo, y pedir a la Inmaculada, que sola venció todas las herejías, la gracia de no avergonzarse de Él.

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Fuentes:

De la editorial
Cubierta de Piedrasanta

Piedrasanta

La novela y los diálogos

La novela de la comunidad católica en tiempos de apostasía. — Miguel Echeverría

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