Fue el fundamento doctrinal y filosófico de la Iglesia durante ocho siglos, y después quedó marginado hasta hoy
Agustín murió en Hipona el 28 de agosto del 430, con los vándalos al pie de la muralla. Menos de un año después, en mayo del 431, el papa san Celestino I escribía a los obispos de las Galias: «A Agustín, varón de santa memoria, por su vida y sus merecimientos, le tuvimos siempre en nuestra comunión y jamás le salpicó ni el rumor de sospecha siniestra; y recordamos que fue hombre de tan grande ciencia, que ya antes fue siempre contado por mis mismos predecesores entre los mejores maestros» (Dz. 128). No es una nota de pésame: es un juicio.
Un mundo que no se sostiene solo
Toda la cuestión cabe en dos preguntas: de dónde viene lo que sabemos y de qué depende lo que existe. Agustín responde a las dos con el mismo nombre.
Las cosas son inteligibles porque tienen modelo en Dios: las ideas son «las razones estables e inmutables de las cosas… contenidas en la inteligencia divina» (De diversis quaestionibus LXXXIII, q. 46). Y las conocemos porque somos iluminados: el maestro no está en el aula, está dentro, y es Cristo (De magistro, 11, 38). De ahí el aviso más citado y peor entendido: «No salgas fuera, entra en ti mismo; en el hombre interior habita la verdad» (De vera religione, 39, 72).
Peor entendido, porque no invita a mirarse el ombligo. Quien entra en sí mismo no se encuentra a sí mismo como fundamento: encuentra una verdad que se le impone y que él no ha inventado. La verdad está en nosotros, pero no es de nosotros. Por eso Agustín puede escribir a Dios: «Tú estabas más adentro de lo más íntimo mío y más alto que lo más alto mío» (Confesiones III, 6, 11). Y por eso el libro II del De libero arbitrio contiene una demostración de la existencia de Dios que no sale del mundo exterior, sino de la mente que descubre lo necesario y reconoce que no lo ha puesto ella.
Esa es la aportación, dicha sin adornos: Agustín construyó un pensamiento del que Dios no se puede quitar. No hay conocimiento sin iluminación, ni bien sin gracia, ni historia sin providencia —la de las dos ciudades—, ni ser sin participación. No es que Dios corone el edificio: es que sin Él no hay planta baja.
Lo que la Iglesia hizo con ello
Roma no lo trató como opinión de escuela. Junto a aquella carta de Celestino circuló el Indíce sobre la gracia de Dios, colección de decisiones pontificias que fija la doctrina agustiniana y donde aparece el principio que gobierna desde entonces la relación entre culto y fe: que la ley de la oración establezca la ley de la fe (Dz. 139).
Un siglo después, el II Concilio de Orange (529), confirmado por el papa Bonifacio II, convirtió en cánones lo esencial: que la gracia no se consigue por invocación humana, sino que es la gracia misma la que hace que se la invoque (can. 3, Dz. 176); que «tales nos ama Dios cuales hemos de ser por don suyo, no cuales somos por merecimiento nuestro» (can. 12, Dz. 185). Trece siglos después, el Concilio Vaticano I, al definir que la fe es don de Dios, cita a Orange palabra por palabra (Dz. 1791). Y en abril de 1930, al cumplirse quince siglos de su muerte, Pío XI le dedicó una encíclica entera, Ad salutem, donde lo llama luz puesta sobre el candelero y vencedor de toda herejía.
Cuando la Iglesia habla de la gracia, habla agustiniano. No por devoción a un autor, sino porque ahí está definido lo que hay que creer.
Cómo acabó en el desván
En el siglo XIII la respuesta cambió de sitio. Las formas emigraron de la mente divina a las cosas, y la iluminación fue sustituida por la abstracción a partir de los sentidos: nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu. San Buenaventura, en la sexta colación del Hexaemeron (1273), trazó la cadena de lo que se seguía de negar las ideas ejemplares —sin ideas no hay presciencia, sin presciencia no hay providencia— y llamó a aquello «las tinieblas de Egipto». Nadie le hizo caso el tiempo suficiente.
Luego vino la etiqueta. Condenado Bayo en 1567 y el jansenismo en 1653, cualquier acento agustiniano sobre la gracia quedó bajo sospecha; el arma alcanzó incluso al cardenal agustino Enrico Noris, cuya censura española declaró nula Benedicto XIV sin lograr levantarla. Con Aeterni Patris (1879) los seminarios se organizaron en torno a un solo maestro, santo Tomás, y el otro, san Agustín, quedó como lectura piadosa de noviciado.
El precio se cobró tarde, pero se cobró. Un edificio con una planta baja que funciona sin Dios acaba admitiendo inquilinos que prescinden de Él: primero el empirismo, después el modernismo y, por fin, lo que se formuló en el Vaticano II. Agustín no dejaba ese hueco: a su sistema no se le puede quitar la luz sin quedarse a oscuras.
La cautela es suya
Nada de esto lo convierte en un cuarto evangelista, y el primero en decirlo fue él: «No quisiera que nadie abrazara de tal modo todo lo mío, que me siga fuera de aquellas cosas en que vea claramente que no he errado» (De dono perseverantiae, 21). Pío XI, en la misma encíclica que lo ensalza, advirtió que no se anteponga la autoridad de la palabra de Agustín a la suprema autoridad de la Iglesia docente.
Ahí está la medida exacta de su aportación. No dejó un sistema cerrado que haya que defender entero, sino algo más difícil de sustituir: la certeza de que el hombre no se enciende solo. Sero te amavi, escribió: tarde te amé. No «tarde te demostré».
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Fuentes:
- Denzinger, El Magisterio de la Iglesia (ed. preconciliar): nn. 128, 139, 176, 185, 1791
- San Agustín: Confesiones; De vera religione; De magistro; De libero arbitrio II; De diversis quaestionibus LXXXIII; De dono perseverantiae
- Pío XI, encíclica Ad salutem (abril de 1930)
- San Buenaventura, Collationes in Hexaemeron, col. VI (1273)
Piedrasanta
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