viernes, 28 de agosto de 2026 San Agustín, Obispo y Doctor Abstinencia

Las tres iniciaciones de la masonería: del humanismo a Lucifer

La masonería no es una asociación de socios que comparten una creencia. Es una escuela de iniciación con grados, y una escuela de iniciación con grados es, por definición, un mecanismo para que unos sepan lo que otros no saben. De ahí que la pregunta corriente —¿adora la masonería a Lucifer?— esté mal planteada y no se conteste nunca: el aprendiz que jura no haber adorado a nadie dice la verdad, y el Gran Maestro que lo desmiente en la prensa también. Los dos están describiendo el atrio.

La pregunta que sí tiene respuesta es otra: adónde lleva la iniciación. Y la respuesta, documentada en los rituales y sostenida por quienes los practicaron, es que la iniciación masónica recorre tres tiempos —el humanismo de la logia azul, el dualismo que resuelve el problema del mal enfrentando a Adonai con Lucifer, y la proclamación de Lucifer como superior en sabiduría y en libertad— y que el tercero no es una desviación del primero, sino su término. Lo que se enseña abajo está calculado para que pueda enseñarse lo de arriba.

Esto no es una conjetura sobre lo que ocurre a puerta cerrada. Es lo que dicen, casi con las mismas palabras, la autoridad que condenó la secta y la autoridad que la gobernó.


1. La escala existe para ocultar el término

El diagnóstico de León XIII

Humanum genus, 20 de abril de 1884, n. 9:1

«Hay en ellas muchas cosas semejantes a arcanos, que es ley ocultar con exquisitísima diligencia no solo a los extraños, sino también a muchísimos de los propios afiliados; tales son los designios íntimos y últimos, los jefes supremos de las facciones, ciertos conventículos ocultos e internos, y también los decretos, y por qué vía y con qué medios han de ejecutarse. A esto sirve, sin duda, aquella múltiple distinción entre los socios en cuanto a derecho, a oficio y a cargo; a esto, la establecida distinción de órdenes y grados, y aquella severidad de disciplina con que se rigen.»

León XIII no dice que la masonería tenga grados y, además, secretos. Dice que los grados son el instrumento del secreto: que la escala existe para que los designios últimos queden ocultos a la mayoría de los propios afiliados. Y en el número siguiente saca la consecuencia con una benignidad que hay que retener, porque gobierna todo lo que sigue: puede haber entre los afiliados quienes, «aunque culpables por haberse enredado en tales sociedades, no son por sí mismos partícipes de sus acciones criminales e ignoran aquel fin último que ellas se esfuerzan por alcanzar».

Léase despacio esa concesión, porque no debilita la tesis: la establece. Hay un fin último, y la mayoría no lo conoce.

La confesión de Albert Pike

Trece años antes de aquella encíclica lo había escrito el Soberano Gran Comendador de la Jurisdicción Sur del Rito Escocés en los Estados Unidos. Morals and Dogma of the Ancient and Accepted Scottish Rite of Freemasonry (1871), página 819, capítulo XXX, titulado precisamente «Caballero Kadosh» —el grado treinta—:2

«Los Grados Azules no son más que el atrio exterior o el pórtico del Templo. Parte de los símbolos se exhiben allí ante el Iniciado, pero se le engaña intencionadamente con falsas interpretaciones. No se pretende que los entienda; se pretende que imagine que los entiende. Su verdadera explicación está reservada a los Adeptos, los Príncipes de la Masonería. […] Está muy bien que la masa de los llamados masones imagine que todo está contenido en los Grados Azules; y quien intente desengañarlos trabajará en vano, y sin recompensa verdadera violará sus obligaciones de Adepto.»

Aquí no cabe interpretación. En el libro doctrinal que su propia jurisdicción entregaba a los iniciados, Pike escribe que al masón de logia azul se le engaña a propósito. Y lo escribe en el capítulo del grado treinta, que es donde, como se verá, está el término.

Cómo funciona por dentro

Un tercer testigo, sin conocer a los dos anteriores, describe la mecánica desde dentro. Serge Abad-Gallardo, arquitecto y alto funcionario francés, iniciado en Le Droit Humain en febrero de 1989, Maestro en abril de 1991, Venerable Maestro de varias logias, Caballero Rosacruz, dimitido en 2013:3

«Los maestros escuchan las “rutas” de los grados primero, segundo y tercero; los compañeros solamente los de los grados primero y segundo; los aprendices no reciben comunicación más que del primer grado, lo que confirma incontestablemente una suerte de elitismo en el acceso a la Verdad. […] Y ocurre igual entre los talleres superiores (del grado 4.º al 33.º) y las logias azules.»

Y con más precisión:

«La pertenencia a esos talleres superiores no es tampoco desvelada a los miembros que no forman parte de ellos, incluso si se trata de maestros, e incluso si son oficiales en la logia azul. […] Algunos miembros de los talleres superiores […] tienen una influencia real, aunque oculta, sobre la organización y funcionamiento de las logias azules.»

Cifra la proporción: «solo un 10 o 15 %» accede a los altos grados; «casi el 90 % de los masones se quedan en las Logias Azules toda su vida y ni siquiera saben los secretos de los altos grados».

De aquí se sigue la regla de lectura de todo este informe, y conviene fijarla antes de continuar: el contenido de la logia azul no prueba nada sobre la doctrina masónica, porque la propia masonería declara que ese contenido es una interpretación falsa suministrada a propósito. Quien alega la bondad del discurso azul para exculpar al sistema está usando como prueba precisamente aquello que el sistema define como señuelo.


2. Primer tiempo: el humanismo de la logia azul

Lo que se le entrega al aprendiz

El que entra encuentra un mundo moral, no religioso. Se le habla de desbastar la piedra bruta, de levantar el templo interior, de tolerancia, de fraternidad, de progreso, de bien de la humanidad. Dios aparece bajo un nombre que no compromete a nada: Gran Arquitecto del Universo.

La regla es fundacional. James Anderson, pastor presbiteriano, en las Constituciones de los Francmasones (Londres, 1723), artículo I, prescribe que al masón se le obligue solamente «a aquella religión en la que todos los hombres están de acuerdo, dejando sus opiniones particulares para sí mismos». No es una cláusula de cortesía: es la definición de una religión natural mínima puesta en el lugar de la revelada. Es exactamente el naturalismo que Humanum genus describe en su número 12 como «lo capital de los naturalistas»: que «la naturaleza humana y la razón humana deben ser en todas las cosas maestra y guía».4

Las máximas que se entregan en el ritual son evangélicas trasplantadas, y lo hace notar quien las recibió. Abad-Gallardo:

«El ritual de Derecho Humano para la ceremonia de iniciación al grado de aprendiz prevé que el Segundo Vigilante le indique al profano: “Aquí todo es símbolo. Llama y se te abrirá”. […] En el ritual de ascenso al grado de maestro, el grado más alto en logia azul, el Muy Respetable Maestro indica al nuevo maestro apenas armado: “No hagas jamás a otro lo que no quieras que te hagan a ti”.»

Su conclusión: «el ritual masónico ha retomado por su cuenta revelaciones cristianas». Y la Constitución Internacional de Derecho Humano declara a sus miembros «fraternalmente unidos en el amor a la Humanidad». Filantropía en lugar de caridad, humanidad en lugar de Dios: el molde cristiano vaciado y vuelto a llenar.

El Gran Arquitecto no es Dios

El símbolo central se define, por parte masónica, de manera que pueda contener cualquier cosa. Guido Laj, Gran Maestro del Gran Oriente de Italia:

«¿Se trata de Zeus, de Júpiter, de Dios? Lo que queremos es afirmar la causa primera, el infinito creador, no interpretarlo. Existe. Decir cómo sea, o cuál sea, eso es algo que tiene que ver con la fe de cada conciencia individual.»

Javier Otaola, ex Gran Maestro de la Gran Logia Simbólica de España, va más lejos: «El Gran Arquitecto del Universo, símbolo masónico, no es un concepto teológico, sino una imagen, y por tanto, no se identifica ni con un Dios abstracto, ni con un Dios concreto, sino que es solo un símbolo.»

Ese es el punto en que el humanismo deja de ser inocente. Si el Gran Arquitecto es Zeus o Júpiter o Dios según la conciencia de cada cual, entonces la Revelación no es fuente de verdad, sino opinión entre opiniones, y es el hombre quien determina el contenido de lo divino. Concedido eso, lo demás es cuestión de tiempo y de grados.

La pieza que ya está puesta

Abad-Gallardo lo formula en una frase que es la bisagra de todo el itinerario:

«Lo primero que propone es la autonomía total del maestro masón. […] La libertad para el masón se trata no de elegir, sino de definir. Él dice lo que es bien y lo que es mal. Entonces así, cada masón es como un dios.»

Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.5 No es una analogía retórica ni un recurso de predicador: es literalmente la misma proposición, y quien la enuncia es un Venerable Maestro describiendo lo que le enseñaron en el primer tramo de la escala. El aprendiz que oye hablar de tolerancia y de piedra bruta está recibiendo, en dosis moral, la oferta que el tercer tiempo le hará en dosis teológica.

Conviene además desactivar aquí la fórmula cómoda que circula por todo el género —la masonería azul es inocua, el problema son los altos grados—, porque es falsa tal como suele enunciarse. Preguntado por Alberto Bárcena en Madrid, en mayo de 2015, en qué grado había tomado conciencia de que se practicase algún culto a Lucifer en su obediencia, Abad-Gallardo contestó sin pensarlo: «En el 1.º. Cuando pregunté por qué se hacía me contestaron: “es algo simbólico y solo una vez al año”.»

Y en 1917, en el bicentenario de la Gran Logia de Londres, los masones acudieron a Roma en masa con pancartas y procesiones hacia el Vaticano. Maximiliano Kolbe, entonces estudiante de teología, consignó estandartes con san Miguel pisoteado por Lucifer y la inscripción «Satanás reinará en el Vaticano y el Papa será su esclavo»; de ahí nació, el 16 de octubre de aquel mismo año, la Milicia de la Inmaculada, cuya finalidad estatutaria incluye la conversión de los masones. Aquello no fue una tenida de altos grados: fue militancia de base, en la calle, a cielo abierto.

Lo exacto, por tanto, es esto: el contenido luciferino explícito se reserva a los altos grados; la hostilidad militante contra la Iglesia es patrimonio común.6 El aprendiz italiano de 1917 podía ignorar por completo el ritual del Kadosh y saber perfectamente contra quién marchaba.


3. Segundo tiempo: el dualismo, o la inversión del Génesis

Llega un momento en que el discurso moral se agota. El que ha subido buscando algo más que una tertulia benéfica pregunta por el fondo, y el fondo es siempre la misma pregunta: si Dios es bueno, ¿de dónde viene el mal? La masonería responde, y responde invirtiendo los términos.

La leyenda que se enseña en el tercer grado

Robert Ambelain —33.º del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, todos los grados del Rito Escocés Rectificado, 95.º de Memphis-Misraïm— transmite en El secreto masónico el sueño de Hiram, en que Tubalcaín lo lleva al centro de la tierra y le revela su ascendencia:

«Al comienzo de los tiempos, dos dioses se reparten el universo. Uno, Adonai, es el amo de la Materia y del elemento Tierra; el otro, Iblis (LUCIFER), es el amo del Espíritu y del elemento Fuego. Adonai crea al Primer Hombre del barro. […] Movido a compasión por el bruto […] que Adonai quiere convertir en su esclavo y su juguete, Iblis y los Elohim […] despiertan su espíritu, le dan la inteligencia y la comprensión.»

Tubalcaín le muestra la serie de sus padres —Iblis, Caín, Irad, Mejuyael, Matusael, Lamec, Tubalcaín— y le revela que es «el último príncipe de la sangre del Ángel de Luz». Ambelain advierte que la genealogía «hará temblar a ciertos francmasones cándidos, que identifican a Hiram con Cristo».

Esto es el grado tres. No es un alto grado: es el techo de la logia azul, y la palabra de paso del Maestro en el Rito Escocés es Tubalcaín. Y no lo sostiene solo un autor incómodo. Juan Carlos Daza, maestro masón, miembro del Gran Consejo Simbólico de la Gran Logia Simbólica Española, recoge la leyenda «prácticamente exacta» en su Diccionario de la Francmasonería —libro recomendado en la bibliografía de su propia obediencia— y afirma que en su sentido alegórico está «el secreto más verdadero del grado de maestro masón». Gabriel López de Rojas, iniciado en 1992 y titular de todos los grados del Rito Escocés, lo dice sin rodeos: «La leyenda masónica de Hiram Abiff, asociada al tercer grado masónico —Maestro—, e incorporada a la masonería especulativa entre 1720 y 1723, es claramente luciferina.»7 Y el blog Masonería en Murcia, fuente masónica, lo reivindica: «Entre todas las tradiciones masónicas existe una que los vincula con un origen luciferino. […] La tradición masónica se reconoce […] heredera de Caín.»

Lo que esa leyenda resuelve

No es folclore. Es una teodicea completa, y hay que verla funcionar. El mal existe porque el dios que amasó la materia quería un esclavo; el espíritu que dio la inteligencia fue calumniado por él. Adonai es el carcelero. Iblis es el libertador. En un solo relato quedan explicados el sufrimiento, la prohibición del Edén y la expulsión, y el precio es únicamente cambiar de bando.

Pike ejecuta la misma operación con vocabulario filosófico, y —el detalle importa— en el capítulo del tercer grado. Morals and Dogma, página 102, capítulo III, «El Maestro»:8

«El verdadero nombre de Satán, dicen los cabalistas, es el de Yahveh invertido; pues Satán no es un dios negro, sino la negación de Dios. […] Para los Iniciados, esto no es una Persona, sino una Fuerza, creada para el bien, pero que puede servir para el mal. Es el instrumento de la Libertad o del Libre Albedrío. Representan esta Fuerza […] bajo la forma mitológica y cornuda del dios Pan; de ahí vino el macho cabrío del Sabbat, hermano de la Antigua Serpiente, y el Portador de Luz o Fósforo, del cual los poetas han hecho el falso Lucifer de la leyenda.»

Dos tiempos en un párrafo. Primero se despersonaliza al demonio: no es alguien, es una fuerza. Después se le adjudica el atributo bueno: es el instrumento de la Libertad y del Libre Albedrío. Y de paso queda desarmada la objeción cristiana, porque el Lucifer de la teología se declara «falso». El adversario no se niega: se rebautiza.

El dualismo, dicho por la casa

Que esto no es lectura hostil lo acredita la publicación oficial de la orden italiana. Rivista della Massoneria italiana, 1909, explicando qué cabe dentro de su símbolo central:9

«Se reprocha a la Masonería que la fórmula del Gran Arquitecto del Universo sea ambigua y absurda, pero constituye la afirmación más justa y abierta de miras del inmenso principio de la existencia, y puede perfectamente representar al Dios de Mazzini, lo mismo que al Satanás de Giosué Carducci. Es Dios en cuanto fuente del amor, no del odio; es Satanás en cuanto genio del bien, no del mal

El Satanás de Carducci es el del Himno a Satanás, obra de un premio Nobel que fue masón y fundó logia: «¡Salud, Satanás, / oh rebelión, / oh fuerza de la revancha / de la razón! […] ¡Al Jehová de los curas / tú has vencido!» Lo revelador no es el poema, que podría pasar por boutade romántica, sino la reacción de la orden: cuando el masón Quirico Filopanti mostró su desagrado, bastó que Carducci respondiera «yo amo y creo» para que el Gran Maestro Lenzi diera el asunto por zanjado.

El P. Manuel Guerra Gómez, doctor en Teología patrística y en Filología clásica, describe la estructura con precisión técnica: en las sectas de este linaje se tiene a Satanás por «Principio del Bien, de la libertad, del placer», y a Dios por «Principio del Mal, de la esclavitud, de la ascesis». Su tesis general —«la masonería guarda relación no con el satanismo, sino con el luciferismo»— la alcanzó, según confiesa, contra su propia resistencia inicial: «Cuando oía hablar de su relación, durante bastante tiempo no la acepté. Me ha hecho cambiar de opinión la información verdaderamente fiable, facilitada por masones

El grado en que hay que elegir

Y entonces el dualismo deja de ser una explicación y se convierte en una opción. No es metáfora: hay un grado en que se pide literalmente escoger entre dos cruces. Ritual del grado 29 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado en el uso de Nueva York:10

«El Baphomet, dios andrógino, penetra en el templo llevado por el Vigilante Primero y por el Segundo […]. Es paseado en forma circular por la logia siguiendo las agujas del reloj.»

A su paso se le rinde veneración con genuflexión de la pierna izquierda. La figura queda en el centro, mirando a Oriente. Hasta allí conducen al candidato con los ojos vendados, y frente a ella le quitan la venda. Se le pide entonces que escoja entre la cruz cristiana, «símbolo de muerte y destrucción», y la cruz en aspa, asociada a Baphomet, «de la Luz y la Vida». La elección se manifiesta «pisando la cruz cristiana con el pie izquierdo y con el derecho en este orden», y el candidato recita a continuación el juramento con los brazos cruzados en aspa sobre el pecho.

Cristo o Lucifer, muerte o vida, y hay que pisar una de las dos. El segundo tiempo está completo.


4. Tercer tiempo: la superioridad de Lucifer

El dualismo es inestable y no se sostiene mucho: o se vuelve al Dios único, o se declara superior al que hasta ahora era el rival. La masonería toma el segundo camino, y lo hace con dos argumentos que aparecen en todos los testimonios y siempre los mismos: sabiduría y libertad.

Marina Abramović y Jacob Rothschild, de pie y vestidos de negro, ante el cuadro Satanás convocando a sus legiones, de Sir Thomas Lawrence, en el que Satanás aparece desnudo, con el brazo derecho en alto y una lanza en el izquierdo.
Marina Abramović posa con Jacob Rothschild frente a Satanás convocando a sus legiones, de Sir Thomas Lawrence (1796-1797).

El grado treinta

Dom Paul Benoit, La Ciudad anticristiana en el siglo XIX. La Francmasonería, t. I (París, 1886), §§ 391-397, pp. 308-311.11 El recipiendario del Kadosh recibe un puñal para abatir «las tres cabezas del mal principio»: la autoridad sacerdotal, el poder real y la fuerza militar. En algunas logias se le exige derribar sucesivamente las tres coronas y las tres cabezas, entre aplausos. Y entonces:

«En algunas se empieza por depositar un crucifijo a sus pies y el Gran Maestre le dice: “Pisotea esta imagen de la superstición, rómpela.” Si no lo hace, para no dejar adivinar nada, se le aplaude, y se le recibe en el grado sin revelarle los secretos. Si aplasta el crucifijo, se le hace acercarse al altar […]. Golpea; la sangre brota sobre él; toma por los cabellos las cabezas cortadas gritando: “Nekam, la venganza está hecha”. Entonces es admitido al grado y recibe los secretos.»

Deténgase el lector en la cláusula intermedia, porque es el corazón del sistema y merece más atención que la escenografía. Al que se niega no se le expulsa: se le aplaude, se le da el grado y se le manda a casa sin la doctrina. Podrá jurar toda su vida —y jurará verdad— que en su grado treinta no pisoteó nada y no vio nada.

Ahí está el mecanismo que explica por qué esta materia parece indecidible. Un sistema así produce necesariamente dos poblaciones: una mayoría de socios sinceros que no han visto nada y que desmentirán de buena fe cuanto se les pregunte, y una minoría que aceptó y sabe. La ignorancia del hombre decente no es un accidente del sistema: es una función del sistema. Los masones honrados no refutan la tesis; son la condición que la hace posible. Y por eso ninguna encuesta a Grandes Maestros puede decidir la cuestión en ningún sentido.

Que ese grado es el término lo dice, según Benoit, un masón: Jean-Marie Ragon, el gran ritualista del siglo XIX, para quien «este grado es el fin mismo de la francmasonería en todos sus grados».12

La palabra dicha

Morals and Dogma, página 321, capítulo XIX, «Gran Pontífice» —grado diecinueve—:13

«¡Lucifer, el Portador de la Luz! ¡Extraño y misterioso nombre para dar al Espíritu de las Tinieblas! ¡Lucifer, el Hijo de la Mañana! ¿Es él quien lleva la Luz, y con sus esplendores intolerables ciega a las almas débiles, sensuales o egoístas? ¡No lo dudéis!»

Se ha querido leer este pasaje como una simple extrañeza ante el nombre. No lo es: Pike pregunta y responde. No lo dudéis. Y en la misma página añade que «la inspiración no es de una sola Edad ni de un solo Credo».

Y esto llega hasta la logia azul

Podría objetarse que todo lo anterior queda encerrado en un diez por ciento de iniciados. No queda, y la prueba es una cadena editorial verificable que no pasa por ningún grado reservado.14

El texto de partida es de Eliphas Lévi, compilado por Arthur Edward Waite, Los misterios de la magia, p. 428:

«Lo que es aún más absurdo e irreverente que atribuir el nombre de Lucifer al demonio es que se identifique con este: el Lucifer intelectual es el espíritu de la inteligencia y el amor, el Paráclito, el Espíritu Santo, mientras que el Lucifer físico es el gran agente del magnetismo universal.»

Y el camino por el que llega al masón corriente es este. La Gran Logia de Iowa encarga al Dr. Joseph Fort Newton el libro Los constructores (1914) y entrega un ejemplar a cada candidato iniciado en el estado, con reediciones en 1915, 1916, 1920, 1921, 1922, 1924 y 1926, revisiones en 1930, 1945 y 1946, y ampliación en 1951. La Guía del Francmasón y Monitor de Indiana (p. 172) lo recomienda como «popular libro que se convertirá en un clásico de la literatura masónica». Y ese libro, en las pp. 57 y 59, rinde tributo a Waite —«quizás el más grande estudioso en este campo del conocimiento esotérico»— y remite a su compilación de Lévi, «a quien Albert Pike debe mucho más que lo que este le reconoce».

Dos Grandes Logias, un libro de bienvenida, y al final de la remisión un texto que declara que Lucifer es el Espíritu Santo. Sin altos grados y sin secreto ninguno.

Sabiduría

El primer atributo aparece en boca de masones y de iniciados, no de sus adversarios.

Papus (Gérard Encausse), 33.º, fundador de la Orden Martinista y miembro de la Golden Dawn: «Cuando el iniciado culmina la iniciación y conoce a Baphomet, también llamado Lucifer, se puede decir que ha descubierto su poder real.»

Mariano Narváez Cantú, Maestro Masón, 18.º del Rito Escocés, sostiene que Luzbel tiene varias advocaciones —Satanás, Belcebú, Asmodeo— y que una de ellas es Baphomet, «el Señor de La Sabiduría». Sobre los templarios añade que «el ritual decía que le escupían al crucifijo, aunque en realidad estaban rechazando al Cristo crucificado, y alaban al Cristo de La Gran Verdad».

Lázaharo Hael, en la Respetable Logia Simbólica Centauro n.º 9-96 del Rito Escocés:

«La serpiente del jardín del Edén, que es Lucifer, palabra que etimológicamente proviene de fero lux, que quiere decir “portador de la luz”, siendo la luz un símbolo de la consciencia. La serpiente es […] un símbolo del instinto y el deseo, principio de vida y sobrevivencia que despierta e impulsa el desarrollo de la consciencia del hombre.»

Y la versión doméstica, que es la que mejor lo resume, referida por Bárcena: el nieto de un grado 33 al que su abuelo quería iniciar le expuso el Génesis tal como lo había recibido en casa —«Lucifer fue quien llevó la sabiduría al hombre en el Paraíso y Dios los expulsó a los dos; Lucifer es nuestro aliado»—.

Libertad

El segundo atributo recorre la misma escala. El blog Masonería en Murcia ofrece la clave: Caín como fundador de la primera ciudad y padre de las artes, Tubalcaín como precursor de la metalurgia, Lucifer como equivalente de Prometeo —desobediencia a Zeus, robo del fuego, castigo, liberación— y los masones como «hijos de la luz». Pike, ya citado, lo llama «el instrumento de la Libertad o del Libre Albedrío». Carducci, «la fuerza de la revancha de la razón». Abad-Gallardo, «la autonomía total» en la que «cada masón es como un dios».

El mismo Abad-Gallardo, sobre lo que encontró al leer los textos de su orden:

«El esoterismo, el hermetismo, el ocultismo, en los cuales se basan los rituales masónicos, son entradas que se dejan abiertas para Lucifer. […] Muchísimos textos que yo cito glorifican expresamente a la Serpiente del Génesis, como rescatador de la Humanidad.»

Reunió más de doscientas citas masónicas y rituales auténticos, y tituló el libro Serví a Lucifer sin saberlo. En su contraportada, un segundo exmasón —Maestro Masón, Venerable de logia del Gran Oriente de Francia, Caballero Rosacruz de grado 18, convertido en Lourdes— «confirma sin reservas» las pruebas aportadas «del dualismo religioso de la masonería, de la veneración de los altos grados por Lucifer y de la execración de los dogmas de la fe católica».

Alberto Bárcena, que ha trabajado los rituales, resume el itinerario entero en una frase:

«Viendo los rituales masónicos acabas comprendiendo que dentro de la masonería se adora a Lucifer, aunque nunca lo llamen Satanás. El reclamo de la masonería es el “reclamo oculto” que suministran al iniciado para hacerlo superior. Y en ese viaje iniciático se encuentran con Lucifer.»15


5. La meta tiene nombre, y el nombre es antiguo

Puestos los tres tiempos uno detrás de otro, lo que aparece no es una colección de anécdotas rituales, sino un vector.

Hay un término reservado: lo declara León XIII y lo confiesa Pike. Ese término está documentado en los rituales que sobreviven al cotejo —la elección entre las dos cruces del grado 29, el crucifijo en el suelo y las tres coronas del grado 30— y apunta siempre en la misma dirección, sin un solo contraejemplo. En ningún grado se enseña la sumisión a Dios, ni la humildad, ni la adoración de Cristo. No hay un tramo superior en que la escala se corrija: hay un solo sentido de marcha, y Ragon, ritualista de la casa, lo nombra sin eufemismo al decir que el Kadosh es el fin mismo de la francmasonería en todos sus grados.

Y los dos atributos que la coronan son constantes. Baphomet es «el Señor de La Sabiduría». La serpiente «despierta e impulsa el desarrollo de la consciencia». Lucifer «llevó la sabiduría al hombre en el Paraíso». Lucifer es Prometeo, el que roba el fuego. Y por el lado de la libertad: «el instrumento de la Libertad o del Libre Albedrío», «la fuerza de la revancha de la razón», la autonomía en que «cada masón es como un dios».

Sabiduría y libertad. Conocimiento del bien y del mal, y ser como dioses. La oferta es palabra por palabra la de Génesis 3, 5, y no hay que forzar nada para verlo: el término de la iniciación masónica es la aceptación explícita, deliberada y ritual de la proposición que el hombre aceptó una vez a escondidas y por la que fue expulsado del Edén. El itinerario completo —el humanismo que pone al hombre como medida, el dualismo que convierte en carcelero al Creador, y la coronación del libertador— es el relato de la serpiente contado al derecho.

Por eso la distinción entre «luciferismo» y «satanismo», que los defensores manejan como si fuera una exculpación, no exculpa nada. Concédase entera: no hay misas negras, no hay pactos firmados, no hay sangre. Sigue habiendo un culto rendido al ángel que ofreció la sabiduría y la libertad contra el mandato de Dios, y sigue siendo el mismo ángel. Que se le llame portador de luz y no acusador no cambia a quién se venera; cambia únicamente lo que el venerador está dispuesto a admitir en voz alta.

Y explica, de paso, por qué la escala tiene tres tramos y no uno. Nadie acepta esa proposición si se la presentan el primer día con su nombre verdadero. Hay que enseñarle antes a considerarse medida de las cosas, y después a ver en el Dios que manda a un tirano de la materia. Cuando llega al grado en que se le pone el crucifijo en el suelo, la conclusión ya está tomada; solo falta el gesto. Los tres tiempos no son tres doctrinas sucesivas: son una sola doctrina administrada en la dosis que cada tramo puede tolerar.


6. El juicio de la Iglesia

La cuestión no está abierta desde 1738, y conviene recordar en qué términos quedó zanjada.

Clemente XII, In eminenti apostolatus specula, 28 de abril de 1738, condena las asociaciones masónicas con excomunión. Benedicto XIV, Providas Romanorum, 18 de marzo de 1751, reproduce íntegra la anterior y la confirma. Pío VII, Ecclesiam a Iesu Christo, 1821. León XII, Quo graviora, 13 de marzo de 1825, que recoge las tres precedentes. Pío VIII, Traditi humilitati, 24 de mayo de 1829, n. 7, aplica a las sociedades secretas dedicadas a corromper a la juventud la sentencia de San León Magno: para ellos «la ley es la prevaricación; la religión, el diablo; el sacrificio, la ignominia».16 León XIII, Humanum genus, 20 de abril de 1884, expone el sistema (n. 9), el naturalismo como doctrina fundamental (n. 12) y el fin último de la secta: «derribar por completo toda aquella disciplina religiosa y civil que engendraron las instituciones cristianas, y edificar otra nueva conforme a su propio ingenio, tomados del Naturalismo los fundamentos y las leyes».17 Y el Código de Derecho Canónico de 1917, canon 2335, sanciona con excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica a quienes se inscriban en la secta masónica, con proceso contra clérigos y religiosos previsto en el canon 2336 § 2.

El orden es el inverso del que suele suponerse. La Iglesia no condenó a la masonería porque sospechara de un culto secreto: la condenó por su naturalismo y por su juramento, y describió el sistema de grados como el instrumento de un designio último reservado a unos pocos. Lo que este informe ha documentado es cuál es ese designio.


7. Y la secta del Vaticano II también invirtió la valoración de la masonería

Falta el último tramo, y es el que explica por qué esto no es historia de la Iglesia sino noticia de hoy. Doscientos cuarenta y cinco años de condena creciente se deshacen a partir de 1958, y se deshacen por pasos que van todos en la misma dirección.

El Código de 1983 sustituyó el canon 2335 por un canon 1374 que ya no nombra a la masonería y que sanciona genéricamente a quien se inscriba en asociaciones que maquinen contra la Iglesia. La Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 26 de noviembre de 1983 mantuvo el juicio negativo, pero suprimió la excomunión reservada. En febrero de 2016, el cardenal Ravasi publicó en Il Sole 24 Ore un artículo titulado «Queridos hermanos masones», donde invoca a Anderson como punto de encuentro entre católicos y masones: el mismo Anderson cuyo artículo I es la definición exacta del naturalismo que Humanum genus condena. En noviembre de 2023, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe respondió al obispo de Dumaguete, que preguntaba qué hacer con los fieles que ingresaban en las logias de su diócesis, que la pertenencia sigue prohibida, y propuso como remedio catequesis parroquiales: ni una palabra de pena. Y en agosto de 2026, un historiador cuyo nombre figura como Orador de una Logia de Perfección del Rito Escocés en Roma fue nombrado para un organismo pontificio.

Ninguno de esos textos se cita aquí como autoridad, y no por descortesía. La doctrina surgida tras la muerte de Pío XII, el 9 de octubre de 1958, no se toma como católica; podrá coincidir materialmente con la de siempre, y cuando coincida lo hará por repetir lo que la Iglesia ya enseñaba, de modo que la autoridad estará en la fuente anterior y no en quien la repite. Aquí ni siquiera coincide: se ha pasado de la excomunión reservada a la catequesis recomendada, y de la condena de Anderson a la invocación de Anderson.

Y la inversión es exactamente simétrica de la que se ha descrito en los apartados anteriores. La masonería llama luz a lo que la Iglesia llamó tinieblas, y libertador al que la Iglesia llamó enemigo. La estructura surgida del Concilio ha hecho el mismo movimiento con la masonería misma: llama hermanos a los iniciados, punto de encuentro a la fórmula de Anderson y ocasión de catequesis a lo que durante dos siglos fue causa de excomunión. Son dos inversiones del mismo signo, y la segunda desarma precisamente la defensa contra la primera.

Que la meta de las iniciaciones fuera Lucifer lo dicen los rituales, y lo dijeron seis Papas. Que se haya dejado de decir precisamente ahora es el dato que hay que explicar.


Notas


Nota sobre las fuentes

Lo que en este informe se da por cotejado se ha verificado en ejemplares digitalizados accesibles a cualquiera, y conviene decir dónde para que el lector pueda repetir la comprobación en vez de fiarse. Las traducciones al castellano son propias salvo cuando se cita por una edición española, y en cada nota se indica cuál es el caso.

Morals and Dogma de Albert Pike (1871), en el ejemplar digitalizado de Internet Archive: verificadas las pp. 102, 321 y 819, con sus capítulos y con el índice onomástico del propio volumen. Humanum genus (1884) en el texto latino oficial de la Santa Sede, cotejado con la versión inglesa. Traditi humilitati (1829) en texto íntegro, en versión inglesa. La Cité antichrétienne au XIXe siècle. La Franc-Maçonnerie de Dom Paul Benoit, t. I (París, 1886), en Internet Archive: verificados los §§ 391-397 y las notas al pie de los §§ 373-388. Para la cronología y el contenido de las bulas y encíclicas del § 6, Emilio Martínez Albesa, Iglesia católica y masonería. Las condenas pontificias (UNAM, 2018).

El expediente sobre Léo Taxil que gobierna la criba de la nota 11 procede de José A. Ferrer Benimeli, El contubernio judeo-masónico-comunista (Madrid, 1982), a través del Museo Virtual de Historia de la Masonería de la UNED. Es fuente académica y hostil a la tesis de este informe, y se cita precisamente por eso. Conviene tenerlo presente, porque el fraude fue real y de gran alcance —doce años, cien mil ejemplares vendidos, la bendición apostólica transmitida a una mujer que no existía, un congreso antimasónico con treinta y seis obispos girando en torno a un embuste, y la confesión del propio estafador el lunes de Pascua de 1897—, y quien escriba de esta materia sin haberlo descontado no está haciendo un informe. Nada de lo que aquí se afirma depende de la literatura derivada de Taxil: descartado todo lo que procede de él, quedan en pie las Constituciones de Anderson de 1723, las tres páginas de Pike, la Rivista della Massoneria italiana de 1909, el Himno a Satanás de Carducci, la cadena editorial de The Builders, los §§ 391-397 de Benoit apoyados en Ragon, el ritual del grado 29 en el uso de Nueva York, cuatro fuentes masónicas contemporáneas que reivindican la tradición luciferina en clave simbólica, y el testimonio de tres exmasones.

Los testimonios de Manuel Guerra proceden de La trama masónica y de su entrevista a ACI Prensa de 29 de julio de 2008; los de Alberto Bárcena, de Iglesia y masonería. Las dos ciudades (Ed. San Román).

Queda una carencia que hay que declarar. No se han podido explotar varias obras que habrían aportado material de primera mano sobre los grados intermedios —Meurin, Simbolismo de la masonería; Niceto Alonso Perujo, El Papa y las logias; el t. II de Benoit en castellano—, por estar disponibles solo en digitalizaciones sin capa de texto. Es justamente el tramo en que este informe está peor abastecido, y conviene saberlo.

De la editorial
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