Diálogos en Piedrasanta
Diálogo en dos partes. Esta es la primera parte; la segunda se publicará en los próximos días.
Durante casi diecinueve siglos la Iglesia enseñó, sin fisura, que el fin primario del matrimonio es la procreación y educación de los hijos, y que el amor y la ayuda mutua de los esposos son fines secundarios, subordinados a aquél. Lo dijeron san Agustín y santo Tomás, lo repitió el concilio de Florencia, lo hizo ley el Código de 1917, lo blindó el Santo Oficio con un rotundo Negative en 1944 y lo confirmó Pío XII en 1951. Desde el concilio Vaticano II, en cambio, esa jerarquía desapareció: el «bien de los cónyuges» pasó a figurar delante de la prole y se borraron las palabras «primario» y «secundario».
¿Es ese cambio un desarrollo legítimo de la doctrina o la sustitución de una enseñanza dos veces milenaria por otra distinta? De eso discuten, junto al fuego, en una casa de Piedrasanta encaramada sobre el valle nevado, Ricardo Aldama y don Enrique Salcedo —viejo conocido suyo, sacerdote diocesano y profesor de teología moral, que defiende la «hermenéutica de la continuidad»—. En esta primera parte recorren el camino histórico de los fines, de los tres bienes de san Agustín a la inversión del Código de 1983; en la segunda vendrán las tres consecuencias del giro: el control «natural» de la natalidad, la indisolubilidad y la Teología del Cuerpo.
En este diálogo (Parte 1):
- La ley que decía «primario» y «secundario»
- Los tres bienes: Agustín, Tomás, Florencia
- La grieta de Casti Connubii
- El «Negative» de 1944 y la voz de Pío XII
- El giro del Concilio: Gaudium et Spes
- La jerarquía que se retiró a propósito
- La inversión del Código de 1983
- ¿Desarrollo o sustitución?
- La objeción pastoral
[Casa de Ricardo y Blanca, en Piedrasanta, encaramada en su altura sobre el Valle de Solanares. Anochece temprano en noviembre. Fuera, el viento del norte baja de los Picos y arranca a la lluvia —que ya cuaja en aguanieve— un sonido de grava contra los cristales. Dentro, el fuego de la cocina económica caldea la sala baja; huele a leña de haya y a caldo. Blanca acaba de servir la cena y se ha retirado al escaño del rincón, junto a la lumbre, con una labor entre las manos: cortés pero distante, no simpatiza con los curas del Concilio y apenas ha abierto la boca en toda la velada. Frente a Ricardo, don Enrique Salcedo —sacerdote diocesano, profesor de teología moral, sesenta años, botas de monte todavía embarradas— tiene todavía el plato a medias y, al lado, un vaso de vino caliente. Se conocieron quince años atrás en la Complutense, cuando Ricardo estudiaba Historia y don Enrique daba un seminario de patrística; desde entonces no se habían visto en persona, pero han mantenido una correspondencia terca, casi toda ella discusión. De paso por Santander, don Enrique ha subido los diez kilómetros de pista para conocer al fin la aldea desde la que Ricardo le escribe. El padre Raita lo recibió a mediodía, pero se ha excusado de la cena —tiene mucho que hacer y estas sobremesas se le van en horas—. La nieve, que arrecia, le cerrará esta noche el camino de vuelta.]
ENRIQUE. —Quince años escribiéndonos, Ricardo, y hasta hoy no le había puesto cara a tu montaña. Te dejé en Madrid traduciendo a Buenaventura, camino de una cátedra, y te encuentro pastor de ovejas en el fin del mundo. Ovejas, de las de verdad, con lana y cuatro patas.
RICARDO. —Traduzco todavía. Lo que he cambiado es de altar, no de oficio. Y de paisaje. [A Blanca, que ha recogido la sopera.] Estaba el caldo para resucitar a un muerto, mujer. [A don Enrique.] Coma, que Blanca no perdona el plato frío.
ENRIQUE. —[A Blanca.] Gracias por acoger a un forastero con este tiempo, señora.
BLANCA. —No es tiempo para andar por los puertos, don Enrique. [Vuelve a su labor en el rincón, sin más.]
RICARDO. —No se lo tome a mal. Mi mujer no acaba de fiarse de los curas que dicen la misa nueva. Es de pocas palabras con los de fuera; conmigo también lo fue el primer invierno.
ENRIQUE. —Lo entiendo, y no me ofende. [Baja la voz.] Sigo enseñando moral en la pontificia, por si tus cartas no lo daban ya por descontado. Y he subido estos diez kilómetros de barro sabiendo a lo que venía: a que me sacaras el Concilio. El padre Raita me lo anunció a mediodía, medio en broma, antes de escaparse de la cena: que no te dejaría marchar sin ello.
RICARDO. —No hace falta el Concilio entero. Basta un capítulo. Usted enseña moral matrimonial. Dígame, sin prisa: ¿cuál es el fin primario del matrimonio?
ENRIQUE. —[Bebe, sonríe.] Empiezas fuerte. Te respondo como respondería hoy la Iglesia: el matrimonio está ordenado al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole. Dos fines, íntimamente unidos, sin que haya ya por qué jerarquizarlos como dos pisos.
RICARDO. —«Como respondería hoy la Iglesia.» Ha dicho usted una palabra de más y una de menos. «Hoy.» ¿Y ayer?
ENRIQUE. —Ayer se hablaba de fin primario y secundario. Es un cambio de lenguaje, Ricardo, no de fe. La teología viste con los ropajes de cada época.
1. La ley que decía «primario» y «secundario»
RICARDO. —Entonces empecemos por ayer, y vayamos despacio, que la noche es larga y el vino aguanta. Ayer no era una opinión de manual. Era el Código de Derecho Canónico de 1917, canon 1013, párrafo primero. Me lo sé de memoria porque lo he copiado cien veces: Matrimonii finis primarius est procreatio atque educatio prolis; secundarius mutuum adiutorium et remedium concupiscentiae.1 El fin primario del matrimonio es la procreación y educación de la prole; el secundario, la mutua ayuda y el remedio de la concupiscencia. ¿Reconoce el texto?
ENRIQUE. —Lo reconozco, claro.
RICARDO. —No es un teólogo hablando. Es la ley de la Iglesia obligando. «Primario.» «Secundario.» Y una palabra que usted no ha dicho hoy y que el Código sí decía: subordinados. ¿De dónde salía esa jerarquía? ¿Se la inventó un canonista de 1917 con frío en los dedos?
ENRIQUE. —No, no me la vas a atribuir a un canonista. Viene de la tradición. De Agustín.
2. Los tres bienes: Agustín, Tomás, Florencia
RICARDO. —De Agustín. [Se inclina hacia el fuego.] Los tres bienes: proles, fides, sacramentum. Prole, fidelidad, sacramento.2 Y en primer lugar, la prole. No es un orden alfabético, don Enrique. Agustín pone la prole primero porque para él el matrimonio se ordena antes que nada a engendrar y educar hijos para Dios. Tomás lo recoge y le da la razón de fondo, que a mí siempre me pareció la página más limpia que se ha escrito sobre esto. ¿La recuerda?
ENRIQUE. —Refréscamela. Tú la tienes más fresca.
RICARDO. —Tomás dice que el matrimonio tiene tres fines correspondientes a tres niveles del hombre. El primero responde al matrimonio en cuanto el hombre es animal: la prole. El segundo, en cuanto es hombre: la ayuda mutua, la vida en común. El tercero, en cuanto es fiel: el sacramento, el signo de Cristo y la Iglesia.3 Fíjese en el orden. Lo que compartimos con toda criatura viva —engendrar— es el fin primario, no porque sea lo más noble, sino porque es aquello a lo que la institución se ordena primero. Lo específicamente humano, el amor, la compañía, viene después, como fin segundo.
ENRIQUE. —Y ahí, Ricardo, está precisamente lo que el personalismo del siglo XX quiso corregir. Poner al hombre por encima del animal. ¿No te parece más cristiano decir que el amor de dos personas vale más que la mera reproducción?
RICARDO. —Me parece más halagador. No más cristiano. Pero no adelantemos, que me lleva usted al siglo XX y estamos en el XIII. Antes quiero cerrar la tradición, porque si no cerramos de dónde venimos, no sabremos medir a dónde hemos ido. ¿Acepta que Florencia, en 1439, repite la tríada de Agustín con el mismo orden? Primum est proles. Lo primero, la prole.4
ENRIQUE. —Lo acepto. Es un concilio ecuménico.
RICARDO. —Y León XIII en 1880, en la Arcanum, reafirma el fin procreador. Y el Código de 1917 lo hace ley. Y llegamos a 1930, a Pío XI, a la Casti connubii. Aquí, don Enrique, es donde usted va a intentar meter la cuña. Se lo digo yo antes de que lo haga, para ahorrarnos el rodeo.
ENRIQUE. —[Ríe.] Me conoces el juego. Adelante, mete tú la cuña por mí y luego la defiendo.
3. La grieta de Casti Connubii
RICARDO. —La Casti connubii tiene un pasaje que los personalistas han citado durante noventa años. Pío XI dice que la «mutua conformación interior de los esposos», ese afán de perfeccionarse el uno al otro, puede llamarse, en un sentido muy verdadero, causa primaria del matrimonio.5 Ahí lo tiene. «Causa primaria.» ¿No es eso ya el giro, adelantado por un Papa anterior al Concilio?
ENRIQUE. —Eso mismo iba a decir. Es la semilla legítima. El Concilio no inventó nada: recogió lo que ya estaba en Pío XI.
RICARDO. —Lea la frase entera, padre. No la mitad. Pío XI dice que puede llamarse causa primaria «con tal que el matrimonio no se tome estrictamente como institución ordenada a procrear y educar la prole, sino más ampliamente como comunión de toda la vida».6 La condición está en la propia frase. Si tamen… latius accipiatur. Si se toma en sentido amplio. Es decir: si por «matrimonio» entiende usted no la institución con su fin, sino la convivencia entera de dos vidas, entonces el mutuo perfeccionamiento es lo primero de esa convivencia. Pero en cuanto institución ordenada a un fin, el fin primario sigue siendo la prole. Pío XI no cambia la jerarquía; distingue dos acepciones de una palabra. Los que citan media frase le hacen decir lo contrario de lo que dice.
ENRIQUE. —[Deja el vaso.] Concedo que la condicional está ahí. Pero reconocerás que el propio Pío XI, al escribirla, abría una puerta. Si no hubiera querido que se explorara ese «sentido amplio», no lo habría escrito.
RICARDO. —Abrió una ventana para que entrara aire, y noventa años después han entrado por ella los ladrones. Que un texto sea susceptible de mala lectura no lo hace responsable de la mala lectura. Y hay una prueba de que Pío XI no quería lo que a usted le gustaría que quisiera: catorce años más tarde, la propia Santa Sede tuvo que salir a apagar el fuego que esa ventana había dejado entrar. ¿Sabe a qué me refiero?
ENRIQUE. —Al decreto del Santo Oficio del 44.
4. El «Negative» de 1944 y la voz de Pío XII
RICARDO. —Al decreto del Santo Oficio del primero de abril de 1944. De finibus matrimonii. Y aquí, don Enrique, le pido que sea usted el moralista que es y no el diplomático que la casa le ha enseñado a ser. Porque este decreto no es ambiguo. Habían aparecido teólogos —Herbert Doms, sobre todo, y Krempel— que sostenían justo lo que usted me ha dicho al empezar: que el fin primario no es la prole, o que los fines secundarios no están subordinados al primario, sino que son igualmente principales. Y el Santo Oficio formuló la pregunta y respondió. ¿Recuerda la pregunta?
ENRIQUE. —Recuerdo la sustancia.
RICARDO. —La pregunta fue: ¿puede admitirse la sentencia de algunos autores recientes que niegan que el fin primario del matrimonio sea la generación y educación de la prole, o que enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son igualmente principales e independientes? Y la respuesta, aprobada por Pío XII, fue una sola palabra: Negative.7 No. No puede admitirse. Está en Denzinger, número 2295. Está en el Acta Apostolicae Sedis, tomo treinta y seis, página ciento tres.
[Un leño se desploma en el hogar y levanta una lluvia de chispas. Don Enrique se queda mirando el fuego un momento antes de responder.]
ENRIQUE. —Es un decreto disciplinar, Ricardo. Cierra un debate teológico de su momento. No define un dogma para siempre.
RICARDO. —¿Disciplinar? Un decreto del Santo Oficio que responde Negative a la pregunta de si es lícito negar el fin primario del matrimonio no le está diciendo a un fraile que se calle. Le está diciendo a la Iglesia entera qué es verdadero y qué es falso en materia de fe y costumbres. Pero no me quedo en el 44. Voy a 1951, porque el mismo Papa que aprobó aquel decreto, Pío XII, lo repitió siete años después con su propia boca. El discurso a las comadronas italianas. ¿Lo tiene presente?
ENRIQUE. —Vegliare con sollecitudine. Sí.
RICARDO. —«El matrimonio, como institución natural, en virtud de la voluntad del Creador, no tiene como fin primario e íntimo el perfeccionamiento personal de los esposos, sino la procreación y educación de una nueva vida. Los demás fines, aunque también queridos por la naturaleza, no están en el mismo grado que el primero, y menos aún le son superiores, sino que le están esencialmente subordinados.»8 Essenzialmente subordinati. Palabra por palabra lo que usted me negaba hace media hora. Y lo dice el Papa. En 1951. A las puertas mismas del Concilio.
ENRIQUE. —Lo dice en un discurso a un gremio profesional italiano, Ricardo. No en una encíclica a la Iglesia universal. Tú, que eres riguroso con los rangos de los textos, deberías notar la diferencia.
RICARDO. —La noto perfectamente. Y le concedo el rango: es una alocución, no una encíclica; se dirige a las comadronas de Italia, no al orbe. Guárdese usted esa observación, don Enrique, porque dentro de un rato se la voy a devolver girada del revés y le va a doler. Por ahora quédese con esto: el contenido de esa alocución no es una novedad de Pío XII. Es la repetición oral de un decreto doctrinal de 1944, que a su vez repetía el Código de 1917, que a su vez recogía a Florencia, a Tomás y a Agustín. Diecinueve siglos, don Enrique. Una sola voz. Fin primario: la prole. Fines secundarios: esencialmente subordinados. ¿Me concede al menos que hasta 1951 la doctrina era esa, sin fisura?
ENRIQUE. —Te lo concedo. Hasta el Concilio, la formulación clásica era la de la jerarquía de fines. No lo discuto. Lo que discuto es lo que viene después.
5. El giro del Concilio: Gaudium et Spes
RICARDO. —Bien. Entonces ya tenemos el muro medido antes de verlo caer. [Se levanta, atiza el fuego, vuelve a sentarse.] Vamos a 1965. Gaudium et spes. Diga usted, con sus palabras, qué hace el Concilio con los fines del matrimonio.
ENRIQUE. —Con mucho gusto, porque aquí es donde tu relato se tuerce. El Concilio no niega que el matrimonio esté ordenado a la prole. Al contrario: lo dice muchas veces. La comisión doctrinal llegó a contar que la procreación se menciona en el texto lo menos diez veces. Lo que hace el Concilio es dejar de usar la terminología escolástica de «primario» y «secundario», que en un documento pastoral dirigido al mundo sonaba fría, técnica, casi contable. Y describe el matrimonio con una imagen más rica: íntima comunidad de vida y amor conyugal. Integra los dos fines en vez de escalonarlos. Eso no es negar nada. Es predicar la misma verdad con otro vocabulario.
RICARDO. —Hermosa defensa. La he oído muchas veces y siempre bien dicha. Ahora déjeme desarmarla pieza a pieza. Primero: dice usted que el Concilio no niega que el matrimonio se ordene a la prole. Cierto. GS 50 lo dice. Pero la cuestión nunca fue si el matrimonio se ordena a la prole. Nadie lo negó jamás. La cuestión es si la prole es el fin primario y los demás esencialmente subordinados. Y eso —exactamente eso, con esas palabras— es lo que el Concilio se negó a decir. No por olvido. Por decisión.
ENRIQUE. —¿Por decisión? Eso tendrías que probarlo.
6. La jerarquía que se retiró a propósito
RICARDO. —Lo pruebo. Es lo mejor que tengo y lo he guardado para ahora. Durante la elaboración de Gaudium et spes, ciento noventa Padres conciliares presentaron un modus —una enmienda formal— pidiendo que se mantuviera la terminología de la jerarquía de los fines. Ciento noventa obispos. No cinco exaltados: ciento noventa. Y la comisión doctrinal respondió que no. ¿Y con qué razón cree usted que rechazó mantener la palabra «jerarquía»?
ENRIQUE. —Imagino que con la razón pastoral que te he dado.
RICARDO. —Con esa exactamente, y lo escribió. La Expensio modorum dice que la jerarquía de los bienes «puede considerarse bajo diverso aspecto», y remite —esto es de traca, don Enrique— precisamente al pasaje del «sentido amplio» de la Casti connubii. Y añade que en un texto que habla al mundo en estilo pastoral «las palabras demasiado técnicas, como jerarquía, parecen deber evitarse».9 Ahí lo tiene, negro sobre blanco, en las Actas Sinodales. Ciento noventa Padres piden conservar la jerarquía; la comisión la retira alegando que es «demasiado técnica» y se apoya para ello en la media frase de Pío XI que antes hemos visto amputada. La ventana que Pío XI dejó entreabierta se convierte en la puerta por la que se saca la jerarquía del edificio.
ENRIQUE. —Pero «evitar una palabra técnica» no es «negar la doctrina», Ricardo. Puedo dejar de decir «transubstanciación» en una homilía para niños sin negar la transubstanciación.
RICARDO. —Puede. Si en esa homilía no dice usted nada incompatible con la transubstanciación. Pero si, además de no nombrarla, describe la Eucaristía de un modo que la excluye, entonces sí la ha negado, la nombre o no. Y eso es lo que pasa aquí. El Concilio no se limita a callar «primario» y «secundario». Reordena. Define el matrimonio como «íntima comunidad de vida y amor» —el amor por delante— y coloca la procreación como uno más entre los fines «que no deben posponerse».10 «No posponer» los demás fines a la prole es exactamente lo contrario de «subordinar» los demás fines a la prole. Donde Pío XII decía «subordinados», el Concilio dice «no pospuestos». Es la misma palabra puesta del revés.
ENRIQUE. —[Se remueve en el escaño.] Hay un matiz que te saltas. «No posponer los otros fines» puede leerse como «sin olvidar que también importa la prole». No necesariamente como igualdad de rango.
RICARDO. —Puede leerse de muchas maneras, y ese es justamente el problema, don Enrique: que puede leerse de muchas maneras. El Código de 1917 no podía leerse de muchas maneras. «Primario» y «secundario» no admiten matices. Cuando un texto que antes era unívoco se sustituye por otro que «puede leerse» en sentido ortodoxo y también en sentido heterodoxo, y encima se ha rechazado expresamente la fórmula unívoca, la ambigüedad no es un accidente. Es el resultado buscado. Un texto se hace ambiguo cuando alguien quiere que quepan en él dos doctrinas.
ENRIQUE. —Te voy a conceder que la redacción es menos precisa. Pero de ahí a hablar de sustitución de una doctrina por otra hay un abismo. Newman nos enseñó que el dogma se desarrolla. La bellota no es la encina, y sin embargo es la misma vida.
RICARDO. —Newman. Sabía yo que saldría Newman; siempre sale a estas horas. Pero Newman puso siete notas para distinguir el desarrollo verdadero de la corrupción. Y la primera es la conservación del tipo. La encina desarrolla la bellota; no la contradice. Aquí no tenemos una bellota que se hace encina. Tenemos un canon que decía «primario y secundario subordinado» y otro canon posterior que dice lo contrario. Y para verlo del todo no hay que interpretar nada: basta leer el Código nuevo. ¿Me acompaña usted a 1983?
ENRIQUE. —Te acompaño. Pero no me vas a asustar con el 1055.
7. La inversión del Código de 1983
RICARDO. —No pretendo asustarle. Pretendo que lo lea conmigo. Canon 1055, párrafo primero: el pacto matrimonial está ordenado por su índole natural ad bonum coniugum atque ad prolis generationem et educationem.11 Al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole. Dos cosas, don Enrique. Primera: han desaparecido las palabras «primario» y «secundario». Ya lo sabíamos. Segunda, y esta es la que quiero que note: el orden. Bonum coniugum primero. La prole después. En 1917 el orden era prole primero, ayuda mutua después, y la ayuda subordinada a la prole. En 1983 el orden se ha invertido: el bien de los cónyuges va delante, la prole detrás, y ninguna subordinación de nada a nada. Y el «bien de los cónyuges» como categoría jurídica ni siquiera existía en 1917. Se ha creado, y se ha puesto en primer lugar.
ENRIQUE. —El orden de una enumeración no es una jerarquía, Ricardo. Que yo diga «pan y vino» no significa que el pan valga más que el vino.
RICARDO. —No, si los enumera usted sin más. Pero sí, si viene de un texto anterior que decía «vino primario, pan secundario subordinado al vino», y usted lo reescribe como «pan y vino» y encima ha rechazado por escrito la palabra «primario». Entonces el nuevo orden no es inocente: es la huella de lo que se ha querido cambiar. El derecho canónico no enumera al azar. En 1917 puso la prole primero porque era el fin primario. En 1983 puso el bien de los cónyuges primero porque el bien de los cónyuges ha pasado a ser lo primero. La forma dice la doctrina.
[Silencio. Fuera, la lluvia ha arreciado. Don Enrique se calienta las manos en el vaso ya tibio. Cuando habla, lo hace más despacio.]
ENRIQUE. —Te concedo el dato, Ricardo. El orden se invirtió y la terminología cambió. Lo que no te concedo es la palabra que llevas toda la noche rondando sin decirla del todo: «sustitución». Porque esa palabra, en tu boca, significa que el Concilio y el Código posterior enseñaron algo contrario a la fe. Y si enseñaron algo contrario a la fe, entonces no eran la Iglesia. Ahí es donde no te sigo. Prefiero un texto ambiguo mal redactado a esa conclusión.
8. ¿Desarrollo o sustitución?
RICARDO. —Ha llegado usted solo al corazón del asunto, y se lo agradezco, porque me ahorra empujarle. Sí: esa es la conclusión, y no la voy a disimular junto a su fuego. Pero fíjese en el orden de mi argumento, que importa. Yo no parto de la conclusión. Parto de los textos. Primero establezco que la doctrina perenne decía A: prole primaria, fines secundarios subordinados, desde Agustín hasta Pío XII, confirmado por un decreto del Santo Oficio con un Negative rotundo. Después leo los textos posconciliares y compruebo que dicen no-A: sin jerarquía, con el orden invertido, rechazando por escrito la fórmula antigua. Y solo entonces, al final, aplico el principio que usted conoce tan bien como yo: quien contradice una doctrina definida y enseñada universalmente por la Iglesia, se pone él fuera; no pone fuera a la doctrina.
ENRIQUE. —Pero ¿estaba «definida»? Una cosa es una doctrina común, muy segura, y otra un dogma solemnemente definido. ¿Me firmas que la jerarquía de los fines era dogma de fe?
RICARDO. —Buena pregunta, y honrada. Le respondo con un nombre que no es sedevacantista y que a usted le resultará más cómodo que el mío: Roberto de Mattei. Sostiene que la primacía de la procreación es doctrina infalible del magisterio ordinario, afirmada solemnemente por Pío XI y reiterada por Pío XII.12 No hizo falta una definición extraordinaria porque la doctrina se enseñó de modo universal y constante durante siglos, que es precisamente el modo ordinario en que la Iglesia enseña infaliblemente. Y aunque usted me rebajara la nota teológica de «infalible» a «doctrina católica cierta», seguiría siendo verdad que un decreto del Santo Oficio la blindó con un Negative y que el Concilio enseñó lo contrario. No se puede a la vez responder Negative en 1944 y afirmativamente en 1965 sin que una de las dos voces se equivoque. Y la Iglesia, don Enrique, cuando enseña a toda la grey en materia de fe y costumbres, no se equivoca. Luego la voz que yerra no es la Iglesia.
9. La objeción pastoral
ENRIQUE. —[Largo silencio. Bebe.] Es un argumento limpio, Ricardo. No digo que me convenza. Digo que es limpio, y que la respuesta fácil —«cambió el lenguaje»— no le hace justicia. Pero me dejas una salida y quiero tomarla antes de rendir la plaza o defenderla. Todo esto que has dicho es historia y derecho. Palabras sobre papel. Yo soy confesor, además de profesor. Y en el confesionario no se sientan cánones: se sientan matrimonios de carne y hueso. Y la doctrina nueva, la del amor conyugal, la de la paternidad responsable, ha hecho bien a esos matrimonios. Los ha liberado de una visión del sexo como mero medio de fabricar hijos. ¿No cuenta eso? ¿No es un árbol que se conoce por sus frutos?
RICARDO. —Cuenta, y mucho. Cuenta tanto que le propongo que sea el asunto de mañana, porque es tarde y esto merece la cabeza despejada. Usted acaba de nombrar tres frutos de ese árbol sin darse cuenta: la paternidad responsable, es decir el control de la natalidad; una nueva idea de la indisolubilidad; y una nueva teología del cuerpo y del placer. Tres ramas del mismo tronco. Y yo le sostengo que las tres cuelgan de haber quitado un solo clavo: la primacía de la prole. Retire usted el muro de carga y verá qué le pasa al tejado. Mañana, si el tiempo nos deja, se lo enseño rama por rama.
ENRIQUE. —[Se levanta, mira por la ventana la noche cerrada sobre el valle que se hunde a los pies del pueblo.] El tiempo no nos va a dejar bajar a ningún sitio. Estoy atrapado en tu montaña, Ricardo, y empiezo a sospechar que era tu plan. [Sonríe.] Mañana, pues. Trae tus tres ramas. Yo traeré la sierra.
RICARDO. —Tráigala. Pero le advierto una cosa, don Enrique, y con esto le dejo dormir. Mañana va a descubrir usted que la primera rama, la que llaman «control natural de la natalidad», ni es tan natural ni la bendijo nunca la Iglesia hasta esa misma alocución de las comadronas cuyo poco rango me ha recordado usted esta noche con tanto acierto. Se lo dije: iba a devolverle esa observación girada del revés. Duerma sobre ello.
[Don Enrique se ríe por lo bajo, niega con la cabeza y se echa el capote por los hombros: la Casa del Peregrino, donde le han preparado cama, está a unos portales calle arriba, pero la nieve ya cubre el empedrado. Ricardo le alcanza un farol y lo acompaña hasta el umbral. Blanca levanta un instante la vista de su labor, hace un gesto seco de despedida y vuelve a bajarla. Cuando Ricardo cierra la puerta al frío, se queda solo, cubre las brasas con ceniza para que aguanten hasta el alba y saca de la estantería un tomo del Denzinger con las esquinas gastadas.]
Notas
Piedrasanta
La novela y los diálogos
La novela de la comunidad católica en tiempos de apostasía. — Miguel Echeverría
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