Hoy, en su fiesta, un homenaje al Doctor Seráfico: no el fraile devoto que ilustra el sistema ajeno, sino la culminación de la línea Platón-Agustín y el hombre que vio adónde llevaba el aristotelismo.
Hoy, 14 de julio, el calendario romano celebra a san Buenaventura de Bagnoregio, obispo, confesor y doctor. La costumbre piadosa lo ha ido reduciendo a una estampa amable —el fraile místico, el biógrafo de san Francisco, el hombre de corazón ardiente— mientras el pensador quedaba arrinconado como nota a pie de página del gran sistema de su compañero de claustro. Es exactamente al revés. Buenaventura no es el ala devota de una escuela ajena: es la culminación de la única tradición filosófica que el cristianismo había hecho suya durante ochocientos años, y su oposición al aristotelismo no fue recelo de fraile asustadizo, sino un diagnóstico.
La luz, no la abstracción
Toda la cuestión se juega en una pregunta breve: ¿de dónde viene lo que sabemos?
Aristóteles responde que de los sentidos, y que nada hay en el entendimiento que no haya pasado antes por ellos: el alma abstrae de las cosas la forma que en ellas está depositada. Es un camino que sube desde el barro, y no puede subir más arriba de donde el barro alcanza.
Platón respondió otra cosa, y san Agustín la bautizó: sabemos porque somos iluminados. Las verdades eternas no se sacan de las cosas —que son mudables, y de lo mudable no sale lo necesario—, sino que se ven en una luz que no es nuestra y que nos precede. El maestro está dentro.
Buenaventura es el heredero pleno de esa segunda respuesta y la lleva hasta el final. En él la iluminación no es un adorno añadido a una gnoseología autónoma: es el fundamento, y sin esa luz la mente no alcanza siquiera la certeza de las verdades naturales. De ahí el De reductione artium ad theologiam: todos los saberes —la filosofía, las artes, hasta los oficios mecánicos— tienen su raíz y su remate en la ciencia divina. No hay un piso de abajo que se baste a sí mismo. Esa es, precisamente, la tesis que el siglo XIII empezaba a discutir y que los siglos siguientes acabarían negando.
El ejemplarismo y las tinieblas
Su crítica a Aristóteles no ataca detalles, sino la raíz, y la nombra con una precisión que hoy sobrecoge. En la sexta colación del Hexaemeron, dictada en la primavera de 1273 —a un año de su muerte—, traza la cadena entera: Aristóteles negó las ideas ejemplares de Platón; negadas las ideas, Dios no tiene en sí las razones de las cosas; y si no las tiene, no las conoce; y si no las conoce, no hay presciencia ni providencia; y sin providencia, todo ocurre por azar o por necesidad fatal; y de ahí la eternidad del mundo, la unidad del entendimiento y, al cabo, «que no existe ni felicidad ni pena después de esta vida».
Ese es el pasaje decisivo, y no es un exabrupto: es un teorema. Buenaventura vio que la negación del ejemplarismo divino no era una tesis técnica de metafísica, sino la puerta por la que se sale de la fe. Y lo dijo sin eufemismos: «estos son errores pésimos… estas son las tinieblas de Egipto». Y añadió una advertencia que explica cuanto vino después: hay quienes, viendo lo grande que fue Aristóteles en las demás ciencias, no pueden creer que en estas se equivocara.
Otro tanto en la eternidad del mundo. Santo Tomás concedía que un mundo creado desde siempre no encierra contradicción, y dejaba la cuestión a la fe. Buenaventura sostenía que el mundo creado de la nada tiene el ser después del no ser, y que un universo eterno es «tan contrario a razón, que yo no habría creído que ningún filósofo, por pequeño que fuera su entendimiento, pudiera afirmarlo». No es un temperamento más severo: es que veía lo que la concesión abría.
Culminación, no repliegue
Frente a la persona como sustancia individual de naturaleza racional, Buenaventura entiende al hombre como vestigio, imagen y semejanza: memoria, inteligencia y voluntad son la huella de la Trinidad en el alma, y el hombre se define por su capacidad de unirse a Dios, no por su definición. Frente a la primacía del entendimiento, la primacía del amor: no se llega arriba concluyendo, sino amando. Frente al mundo como sistema de causas segundas que se explican solas, el mundo como libro y espejo, lleno de huellas del Creador. El Itinerario de la mente a Dios no es literatura devota: es la metafísica agustiniana convertida en camino.
Murió en 1274. Tres años después, el obispo de París condenaba doscientas diecinueve proposiciones; algunas rozaban al propio Tomás. Buenaventura había dado el aviso antes, y con más hondura, porque no discutía conclusiones: discutía el principio del que salían. Nadie le hizo caso el tiempo suficiente. La abstracción venció a la iluminación, las formas emigraron de la mente divina a las cosas, y de las cosas —cuando Ockham hizo la pregunta obvia— desaparecieron del todo.
Hoy es su día. No se le honra con una estampa: se le honra leyéndolo, y reconociendo que tenía razón.
Fuentes:
- San Buenaventura, Collationes in Hexaemeron, colación 6 (ed. BAC, Obras, t. III).
- San Buenaventura, Commentaria in IV libros Sententiarum, lib. II, d. 1, p. 1, a. 1, q. 2 (eternidad del mundo).
- San Buenaventura, Itinerarium mentis in Deum y De reductione artium ad theologiam.
- F. Copleston, Historia de la filosofía, t. II, De san Agustín a Escoto, Ariel, Barcelona, 1978, pp. 218-221.
Piedrasanta
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