Ludger Schepers, comisionado de la Conferencia Episcopal Alemana para la pastoral LGBT, asegura que homo-, trans- e intersexualidad «forman parte del plan de la creación de Dios»
El Martes de Pascua, 7 de abril de 2026, el obispo auxiliar de Essen, Ludger Schepers, concedió una entrevista al medio diocesano Kirche und Leben en la que afirmó, sin matices: «la diversidad de las identidades humanas — homo, trans o intersexual — no es una construcción moderna, sino parte del plan creador de Dios». La declaración, recogida después por la prensa católica internacional, no es la opinión privada de un teólogo descarrilado: viene firmada por un prelado en ejercicio y por el cargo que la Conferencia Episcopal Alemana (DBK) instituyó ad hoc en 2024 para él, el de «Queer-Beauftragter», encargado oficial de la pastoral LGBT.
En la misma entrevista, Schepers fue más lejos. Atacó las «estructuras patriarcales», calificándolas como ajenas al cristianismo, y arremetió contra el fenómeno digital de las llamadas tradwives — mujeres que reivindican el rol doméstico — denunciándolo como «vía equivocada». Reclamó, además, que la iglesia conciliar «incluya a todos los géneros» y exigió un cambio en la moral sexual católica. Quien no comulgue con esto, sentenció el obispo, «traiciona el propio mensaje» del Evangelio.
Schepers no improvisa. Fue, en mayo de 2022, el primer obispo alemán en participar en un servicio ecuménico de bendición de parejas del mismo sexo. En junio de 2024 declaró que la Iglesia «es claramente responsable de la criminalización de la homosexualidad». En octubre de 2025 condenó a los obispos que se opusieron a la peregrinación jubilar LGBT en Roma. Su nombramiento como primer comisionado queer de la DBK no fue un accidente burocrático: fue una decisión deliberada de la jerarquía conciliar alemana, instaurada sin reacción de la Roma actual.
La Doctrina perenne enseña otra cosa, y lo enseña con voz clara desde hace dos milenios. El Génesis fija el horizonte antropológico en 1, 27: «varón y mujer los creó». San Pablo, en Romanos 1, 26-28, describe la sodomía como una «pasión de ignominia» a la que Dios entrega a quienes han cambiado la verdad por la mentira. El Catecismo Romano de San Pío V cuenta este pecado entre los que «claman al cielo». Santo Tomás, en la Suma (II-II, q. 154, a. 11), lo sitúa entre los más graves contra la naturaleza. San Pío V, en la bula Horrendum illud scelus (1568), prescribió para los clérigos sodomitas la privación del oficio y la entrega al brazo secular. Pío XI, en Casti connubii (1930), reafirmó el matrimonio como unión indisoluble de varón y mujer, fundamento del orden creado. Pío X lo había sintetizado: contra el modernismo no hay diálogo, hay vigilancia.
Aquí está lo doctrinalmente decisivo: cuando un obispo en ejercicio reescribe la teología de la creación, no se equivoca en un detalle pastoral — invierte el primer artículo del Credo. Si Dios crea la sodomía, el Génesis miente, San Pablo se equivoca, Trento blasfema y la Iglesia de veinte siglos vivió en un error monstruoso del que solo la sinodalidad alemana habría sido capaz de redimirla. La proposición, examinada desde la fe católica, es estrictamente herética; y un hereje notorio no apacienta el rebaño, lo dispersa.
Frente al silencio de la Roma actual, al católico de Tradición sólo le queda lo de siempre: el desagravio eucarístico, el rezo del Santo Rosario en reparación, y mantener la fe íntegra hasta el final. La sede romana podrá callar; la doctrina, no.
La Roma ocupada por la secta del Vaticano II se ha convertido en una mera agencia publicitaria del Nuevo Orden Anti-católico y su tabla de anti-valores; empezando por la sodomía, Sacramento del Anticristo. Y ya ni siquiera disimula la infección de su jerarquia, claramente posicionada doctrinal mente, y también personalmente. Y por lo demás cuando el dicasterio de la doctrina de la fe está encabezado por un autor de pornografía homo, ya nada puede sorprendernos.
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