La archidiócesis de Milán ha presentado el 11 de mayo de 2026 su gran apuesta para el siglo XXI: el llamado «Monastero Ambrosiano», un complejo de 2.700 metros cuadrados que se levantará en el distrito MIND —el polo de innovación surgido sobre los terrenos de la Expo 2015— diseñado por el arquitecto Stefano Boeri. La diócesis no ha publicado el presupuesto, pero la agencia AgenSIR confirma que ascenderá a «varios millones de euros». Una estimación conservadora, tomando como referencia el coste de construcción de obra singular en Milán y los honorarios de un estudio de primer nivel como el de Boeri, sitúa la inversión en torno a los 15 millones de euros —cifra coherente con los 12 millones que costó la mera restauración del Árbol de la Vida en el mismo distrito MIND.
El proyecto incluye una iglesia de planta triangular con capacidad para 300-350 personas, un Claustro de las Religiones, un Jardín de las Religiones —donde las distintas tradiciones monoteístas estarán representadas simbólicamente mediante plantas y paisajismo— y una Biblioteca de las Religiones concebida como un «prisma transparente» rodeado de cerezos. La diócesis habla siempre de «tradiciones monoteístas presentes en Milán» sin nombrarlas, pero la referencia no puede ser otra que al catolicismo, al islam —primera minoría religiosa de la ciudad con cerca de 250.000 fieles— y al judaísmo, con comunidad histórica en Milán desde el siglo XIX. Que la archidiócesis evite nombrarlas explícitamente es, en sí mismo, un dato: poner el islam junto al nombre de la diócesis en un proyecto financiado con dinero de los fieles habría generado una polémica difícil de gestionar.
Lo primero que llama la atención a cualquier observador de buena fe es lo que el proyecto no es: no es un monasterio. Un monasterio, en la tradición cristiana, es una comunidad consagrada a Dios mediante la oración, la liturgia y la vida común bajo una Regla. El «Monastero Ambrosiano», en cambio, no tiene todavía ninguna orden religiosa ni instituto monástico identificado que lo habite; la diócesis espera «una pequeña comunidad estable» cuya identidad sigue sin determinarse. Se trata, en realidad, de un centro cultural interreligioso con capilla adjunta.
El promotor del proyecto es el arzobispo Mario Delpini, nombrado por Francisco en 2017 como sucesor del cardenal Scola. Su perfil merece atención. Formado como patrístico en el Augustinianum de Roma, Delpini hizo su tesis de licenciatura sobre la noción teológica de Giovanni Pico della Mirandola —el filósofo del sincretismo renacentista que intentó fusionar filosofía griega, cábala judía y teología cristiana—, lo cual resulta una coincidencia biográfica llamativa para el promotor de un monasterio de las religiones. Es hombre de plena confianza de Francisco, y sin embargo lleva casi nueve años al frente de la diócesis más grande de Europa —más de cinco millones de católicos, 2.000 sacerdotes diocesanos— sin haber recibido el capelo cardenalicio, una anomalía histórica sin precedente reciente en la sede ambrosiana.
Delpini ha defendido la iniciativa invocando el referente de los monjes cistercienses medievales, presentándolos como innovadores y transformadores del territorio. La analogía cojea por su base: los monjes de Claraval transformaron el territorio porque primero se consagraron íntegramente a Dios. No construyeron molinos para dialogar con las religiones vecinas, sino como fruto de una vida contemplativa ordenada al culto divino. Usar a los cistercienses como justificación de un centro interreligioso es invertir exactamente la lógica que los hizo grandes.
Que una archidiócesis destine decenas de millones de euros —fondos que proceden en última instancia de los fieles— a un edificio cuyo elemento central no es el Santísimo Sacramento sino el «diálogo interreligioso» y la «coexistencia social» revela con claridad el estado espiritual de la institución que lo promueve. El distrito MIND recibirá en 2030 a unos 70.000 habitantes entre estudiantes, investigadores y trabajadores. A ellos se les ofrece, en lugar de la fe de sus padres, un jardín con plantas simbólicas de distintas religiones y una biblioteca que el arquitecto describe como «abrazo entre la iglesia y el claustro de las fes».
San Ambrosio, cuyo nombre lleva el proyecto, expulsó al emperador Teodosio de la catedral hasta que hiciera penitencia pública. Pico della Mirandola, en cambio, fue investigado por la Inquisición. Es significativo cuál de los dos inspira realmente este monasterio.