El refrán lo guardaba la memoria popular con precisión litúrgica: _»Tres jueves hay en el año que brillan más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión.»_ Hoy dos de esos tres jueves han dejado de ser festivos nacionales. No es un accidente administrativo. Es el síntoma visible de un proceso que hunde sus raíces en una crisis fe y una apostasía global de alcance que removía los cimientos de la civilización occidental.
En España, la Ascensión perdió su rango de festivo nacional en 1977, en plena Transición, y el Corpus siguió su camino en 1989. El mecanismo formal fue el Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede de 1979, que limitó los festivos nacionales a catorce y aplicó el criterio del _arraigo social_ para determinar cuáles sobrevivían. España pasaba de Estado confesional —donde la estructura civil reconocía el orden sobrenatural como fundamento de la vida pública— a Estado confesional, donde la religión quedaba reducida a asunto privado. La Iglesia, llamativamente, no solo no resistió este desplazamiento, sino que lo facilitó. Y aquí aparece la clave ideológica del problema.
El Vaticano II, con la declaración _Dignitatis Humanae_ (1965), proclamó la libertad religiosa como derecho natural de la persona. Y esto, qué constituía una herejía contraria a la doctrina católica, tuvo un efecto estructural devastador sobre todo occidente. Al desligar al Estado de cualquier obligación de reconocer el señorío social de Cristo —lo que la tradición llamaba el _reinado social de Cristo_, defendido por León XIII y Pío XI— se privó a la Iglesia de su argumento más sólido para exigir que el orden civil reflejara el orden sacro. Si el Estado es religiosamente neutro por principio, entonces los jueves que brillan más que el sol son simplemente obstáculos para la productividad industrial.
La lógica posterior fue implacable. Una vez aceptado que la sociedad civil no debe ordenarse hacia fines sobrenaturales, la descristianización deja de ser una agresión externa y se convierte en un proceso casi natural: las fiestas se trasladan al domingo para que _la gente no aproveche para irse de viaje_, como admite con candor el propio razonamiento post-conciliar. La Iglesia cedió los _jueves brillantes_ esperando ganar los domingos; pero, perdió ambos.
El caso español no es excepcional sino pragmático. En toda Europa occidental el mismo proceso se repite con variaciones locales: primero la neutralidad religiosa del Estado, luego el vaciamiento cultural de las fiestas, finalmente la indiferencia religiosa de masas. La raíz no está en el laicismo militante del siglo XIX ni en la Ilustración, sino en el momento en que la propia Iglesia renunció a afirmar que el orden político tiene una finalidad trascendente.
El refrán sobrevive. Los jueves, ya no.