El espectro de la confesión: Madrid retira el sacramento sin que nadie lo eche en falta

Los «espacios de escucha» para la visita de León XIV no son el escándalo: son el último capítulo previsible de sesenta años de erosión

Madrid ha anunciado que durante la visita de León XIV (6-9 de junio) no habrá un solo confesionario en los actos masivos: en lugar del sacramento, «espacios de escucha» con laicos formados ad hoc a lo largo del Paseo de la Castellana. Hace quince años, en la JMJ de 2011, el Retiro albergó 200 confesionarios y 18.000 confesiones. La noticia es escandalosa; pero hablar de escándalo en la iglesia conciliar es ya pura rutina. Conviene ver lo que la noticia revela: no una decisión aislada, sino el episodio final de un proceso de demolición del sacramento de la Penitencia que ha durado sesenta años.

1. Olvido del sujeto: ya nadie se duele

El sacramento, según lo definió Trento (Sesión XIV, 1551), exige en el penitente tres actos: contrición —dolor del alma y detestación del pecado cometido—, propósito de la enmienda y acusación íntegra de los pecados al sacerdote. La doctrina perenne lo enseñó así sin variación hasta que, en la pastoral postconciliar, el confesionario fue convirtiéndose en un lugar donde el penitente cuenta lo que hizo sin que se le exija dolerse de ello, ni mucho menos prometer no volver a hacerlo. La palabra «error» —ajena al vocabulario sacramental— sustituyó a «pecado»: se cometen errores que se corrigen; los pecados se lloran. Pío XII lo vio venir en 1946: «el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado» (radiomensaje al Congreso Catequético de Boston, 26-X-1946). Donde no hay dolor, no hay materia para la absolución. Lo que sale por la rejilla no es ya un absuelto, es un desahogado.

2. Olvido del pecado: culpa la estructura

A ese vaciamiento subjetivo respondió, en paralelo, un vaciamiento objetivo. La teología de la liberación —jamás condenada en serio por la jerarquía conciliar— inventó las «estructuras de pecado»: ya no es el hombre quien peca, son el sistema, la educación, la cultura, el capitalismo, el clericalismo, el patriarcado, el norte global. Francisco hizo de esa traslación de la culpa una constante de su pontificado («esta economía mata», Evangelii gaudium n. 53). El efecto pastoral es directo: si la responsabilidad se externaliza, no hay nada de que acusarse. El pecador deja de ser sujeto moral y se reclasifica como víctima de un sistema. La víctima no se confiesa: denuncia. Por eso los actos juveniles en el lenguaje conciliar son «encuentros», «diálogos» y ahora «escuchas» —no penitencias.

3. Olvido del Juez: el Padre cariñosísimo

El tercer movimiento es el que cierra la pinza. Aun si quedara algún pecado sobre el que dolerse, se enseña ya rutinariamente —desde el catecismo de adultos hasta el sermón parroquial medio— que Dios es un Padre que perdona todo, que «no se cansa de perdonar», que «el infierno tal vez esté vacío» (Francisco a Scalfari, La Repubblica, 24-III-2018, sin desmentido oficial firme). La nota 351 de Amoris laetitia abrió formalmente la comunión sacramental a quienes viven en adulterio público sin propósito de enmienda. Si el Juez no juzga y el confesor no exige, el penitente sobra. El tribunal de la Misericordia, en el que Trento enseñó al sacerdote a sentenciar in persona Christi capitis, se reformula como un abrazo emocional —y para un abrazo, en efecto, basta un laico.

4. La creatividad de la secta

Sobre esa erosión doctrinal, el ingenio pastoral conciliar fue añadiendo soluciones cada vez más alejadas de lo sacramental: las absoluciones colectivas —Pablo VI las restringió en Normae pastorales de 1972, Juan Pablo II las repuso al cauce en Misericordia Dei (2002), pero la práctica las consagró en Alemania, Holanda y buena parte de Italia—, las celebraciones penitenciales sin absolución individual, las catequesis del perdón donde no se pide acusación de pecados, los confesionarios desiertos porque el clero local no se sienta en ellos, y la última invención: agentes de escucha laicos en lugar del ministro. Madrid 2026 es la innovación terminal: ya no se trata de ofrecer el sacramento mal, sino de no ofrecerlo en absoluto y reemplazarlo abiertamente por una conversación. Aún se cuida la fórmula —«no sustituyen los confesionarios; van de la mano», dijo la portavoz arzobispal Sara de la Torre—, pero en el Paseo de la Castellana solo habrá una de las dos manos.

El espectro

El resultado es lo que el lector de Trento y de Pío XII ya no reconocería: un «sacramento de la reconciliación» —obsérvese, además, que la propia renominación oficial (1973) reemplazó Penitencia por Reconciliación: el cambio de nombre llegó antes que el cambio de cosa— que solo por el nombre recuerda a aquel sacramento católico. Sin dolor del penitente, sin pecado del que dolerse, sin Juez que juzgue, sin ministro que absuelva y, ahora, sin ni siquiera la mueca del confesionario instalado: lo que queda es un espectro. La iglesia conciliar lleva sesenta años desmontándolo pieza a pieza; los fieles llevan sesenta años viviendo sin él casi sin notarlo.

Por eso la noticia de Madrid no debería escandalizar a quien haya seguido el proceso. Lo escandaloso, en realidad, no es la decisión de la archidiócesis: es que en sesenta años de Iglesia católica reducida a no oler, los católicos formados en este régimen sigan pensando que la Confesión funciona —aunque rarísima vez la frecuenten—. Para los fieles de la Tradición Católica, la consecuencia práctica es triple: redescubrir el examen serio de conciencia con propósito de enmienda, buscar sacerdote válidamente ordenado que aún sepa absolver y sepa negar la absolución cuando proceda, y dejar de fingir que la pastoral conciliar es desaforada por error. La pastoral conciliar es coherente con su teología: simplemente, esa teología ya no es la católica.

Si los miles de jóvenes que el 6 de junio acudan a la Plaza de Lima no encontraran ese día ni un confesionario, que al menos uno se pregunte por qué. La pregunta, sola, sería ya un signo de gracia.

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