SANTA ANA

Santoral

MADRE DE MARÍA SANTÍSIMA

(26 de julio)

Ana y Joaquín era un piadoso patrimonio, que vivían en Nazaret. Por su industria y trabajo habían conseguido una buena situación económica, pero tenían una pena: no tenían descendencia a pesar de su deseo de tener un hijo.

En una fiesta religiosa, Joaquín  se presentó a ofrecer sacrificio en el Templo de Jerusalén, pero un sacerdote, un tal Rubén, rechazó su ofrenda, so pretexto que un hombre sin descendencia no era digno de ser admitido en el Templo.

Joaquín, lleno de terrible pena, no volvió a su casa sino que se fue a las montañas a presentarse ante Dios en soledad. Y clamó Joaquín a su Señor: “No comeré ni beberé hasta que el Señor, mi Dios, me haya visitado”. Y en el desierto ayunaría durante 40 días y 40 noches.

También Ana, habiendo conocido la razón de la prolongada ausencia de su esposo, lloraba y clamaba al: «Dios de mis padres, acoge mis súplicas, bendíceme, como bendijiste las entrañas de Sara y le diste un hijo, Isaac». Entonces Dios escuchó su clamor y se le apareció un ángel de Señor y le dijo: «Ana, el Señor ha escuchado tu llanto. Tú concebirás y parirás, y en todo el mundo se hablará de tu prole.»

El ángel hizo la misma promesa a Joaquín dejó el desierto y fue a reunirse con su esposa. La imaginería católica ha recordado siempre el encuentro de Ana y Joaquín en la Puerta Dorada cuando ya sabían ambos que el señor había premiado su fe con un hijo.

WEncuentro de Joaquín y ana en la Puerta Dorada.

Entonces Joaquín y Mirian  se trasladaron a vivir a Jerusalén, y en la Ciudad Santa nació María. Cuando Ana da a luz pregunta: «¿Qué he traído al mundo?» Y luego de recibir como respuesta que era una hija responde: «En este día ha sido glorificada mi alma”.

Le impusieron el nombre de María, nombre bendito para siempre, pues de María nació la salvación del Mundo.

Y al cumplir un año de vida, Joaquín presentó a su hija a los príncipes de los sacerdotes en el Templo de Jerusalén, los cuales la bendicen con estas palabras: «Dios de las alturas sublimes, vuelve tu mirada sobre esta niña y dale una bendición suprema, una bendición a ninguna otra parecida». A lo cual Ana responde entonando un himno al Señor: «Yo quiero cantar un himno al Señor mi Dios, porque me ha visitado y ha alejado de mí las burlas de mis enemigos, pues el Señor me ha dado un fruto de la justicia, de esta justicia que es una y múltiple a la vez.»

Y en Jerusalén  la criaron y la educaron altísima misión, hasta que tal como había prometido Ana al señor, cuando María todavía era casi una niña, fue entregada y pasó al servicio del Templo, donde termino su educación.

Y en Jerusalén murió la santa pareja, y en el seno de Abraham habitaron hasta que un Día, uno de su estirpe, Jesucristo el Señor vino a rescatarlos y a llevarlos con él  a la Gloria eterna.

LA DEVOCIÓN A SANTA ANA

Por todo eso, San Juan Damasceno les pueda saludar en estos términos: «Joaquín y Ana, ¡feliz pareja! la creación entera os es deudora; por vosotros ofreció ella al Creador el don más excelente entre todos los dones: una madre venerable, la única digna de Aquel que la creó».

El culto de Santa Ana ha crecido a la par del de su hija, María. En Jerusalén, en la basílica de «Santa María, donde ella nació», conmemoraba Juan Damasceno, en el siglo VIII, a los abuelos de Jesús. Del modo más natural dicha basílica se convertiría en la iglesia de Santa Ana de los Cruzados. Pero, ya desde el siglo VI, se honraba a Santa Ana en Constantinopla, en una basílica que fue dedicada en su honor un 25 de julio.

ORACIÓN A SANTA ANA PARA PEDIR POR LOS HIJOS

Gloriosa Santa Ana, Patrona de las familias cristianas, a Ti encomiendo mis hijos. Sé que los he recibido de Dios y que a Dios les pertenecen por tanto te ruego me concedas la gracia de aceptar lo que su Divina Providencia disponga para ellos.

Bendíceles oh Misericordiosa Santa Ana, y tómalos bajo tu protección. No te pido para ellos privilegios excepcionales; sólo quiero consagrarte sus almas y sus cuerpos, para que preserves ambos de todo mal. A Ti confío sus necesidades temporales y su salvación eterna.

Imprime a sus corazones, mi buena Santa Ana, horror al pecado; apártales del vicio; presérvales de la corrupción; conserva en su alma la fe, la rectitud y los sentimientos cristianos; y enséñales, como enseñaste a Tu Purísima Hija la Inmaculada Virgen María, a amar a Dios sobre todas las cosas.

Santa Ana, Tu que fuiste Espejo de Paciencia, concédeme la virtud de sufrir con paciencia y amor las dificultades que se me presenten en la educación de mis hijos. Para ellos y para mí, pido Tu bendición, oh Bondadosa Madre Celestial.

Que siempre te honremos, como a Jesús y María; que vivamos conforme a la voluntad de Dios; y que después de esta vida hallemos la bienaventuranza en la otra, reuniéndonos Contigo en la gloria para toda la eternidad.

Así sea.

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS (para obtener un favor especial)

¡Oh gloriosa Santa Ana que estas llena de compasión por quienes te invocan y de amor por los que sufren! Agobiado con el peso de mis problemas, me postro a tus pies y humildemente te ruego que tomes a tu especial cuidado esta intención mía… Por favor, recomiéndala a tu hija, Santa María, y deposítala ante el trono de Jesús, de manera que El pueda llevarlo a una feliz resolución. Continúa intercediendo por mí hasta que mi petición sea concedida. Pero por encima de todo, obtenme la gracia de que un día pueda ver a Dios cara a cara para que contigo, la Virgen y todos los santos pueda alabarle y bendecirle por toda la eternidad. Amén.

Jesús, María y Santa Ana, ayudadme ahora y en la hora de mi muerte.

Santa Ana ruega por mí.

ORACIÓN

Santa Ana, Madre de la Inmaculada, esposa del Espíritu Santo, por los méritos y la santidad de que os llenó el Espíritu Santo, obtened de ese mismo divino Espíritu muchos y muy dignos operarios para la viña del Señor.

Por tanto, pedid para todas las familias cristianas el espíritu de piedad y del santo temor de Dios, y para todos los llamados al servicio del Señor, la verdadera humildad y fidelidad, a fin de que el Espíritu Santo pueda obrar en ellos con la fuerza de su divina gracia, haciéndolos dignos instrumentos en la mano del Eterno y sumo Sacerdote. Amén.

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