San Pantaleón

Santoral

Médico y mártir (27 de julio)

«El verdadero médico es Cristo que da la vida eterna a los hombres» (S. Pantaleón).

Nació hacia el año 276 en Nicomedia, que hoy los musulmanes llamada Ízmit, en la actual Turquía. En aquel tiempo Nicomedia era capital del reino de Bitinia, y una de las principales ciudades del Imperio Romano en Oriente.

Pertenecía a una poderosa familia. Su padre, Eustorgio, era médico de profesión y senador del Imperio. Era pagano, pero recibió la gracia inmerecida de tener por esposa, a una mujer cristiana especialmente santa y buena de nombre Eubula.

Santa Eubula

Eubula le dio un hijo, Pancracio. Pero siendo todavía niño murió su madre. Pero a pesar de su edad, el niño ya recibió de su madre los rudimentos de la fe. Pero Eubula les dejo en herencia mucho más. Por su vida de santidad, la iglesia reconoció su santidad, y desde el Cielo santa Eubula intercedió siempre por su esposo y por su hijo.

Pancracio recibió de su padre y sus maestros la más esmerada educación. Estudio filosofía y retórica y después se dedicó, como su padre, a la medicina. Y su arte e ingenio en medicina ya de muy joven la gano fama de sabiduría, al punto que el mismo emperador Galerio Maximiano lo nombro su médico personal.

Pancracio nunca olvido las enseñanzas que de pequeño recibió de su santa madre. Sin embargo, la vida en una corte llena de licencia y perversiones, poco a poco le alejaron de la fe que su madre le había inculcado.

SU CONVERSIÓN
Un día paseando por un bosque, conoció a un noble anciano llamado Hermolaos. Era cristiano, era sabio, era austero y mortificado de vida… Y después de una charla con él Pancracio este quedo deslumbrado por la bondad y sabiduría de aquel anciano.

Pancracio volvió muchas veces a hablar con Hermolaos y fue descubriendo muchos más misterios de aquel hombre. Por ejemplo que era sacerdote de la Iglesia y que era capaz de transmitir la gracia de los sacramentos. Además descubrió que Hermolaos había conocido a su madre. Y sobre todo, descubrió que la acción de intercesión de su madre en ese momento se ejercía a través de aquel anciano.

Los dos amigos hablaron mucho de los misterios de la vida y de Jesucristo el Señor. Pancracio cada vez se sentía más atraído por la fe cristiana, pero tenía demasiadas ataduras con una vida de lujo y disfrute que tenía en ese momento. Pero la providencia divina siempre actúa.

Un día le trajera un niño pequeño al que había picado una serpiente y que no daba señales de vida. Pantaleón hizo todo lo que sus conocimientos médicos le permitían, Pero el niño seguía aparentemente inconsciente o muerto. Entonces en su desesperación, invocó a Cristo, mientras pensaba «si con mi oración a Jesucristo este niño muerto vuelve a la vida, entonces creeré en Él». Y he aquí que de pronto el niño abrió los ojos, respiró y se levantó.

Poco después, pidió a su amigo Hermolao el Bautismo y conoció la felicidad de una conversión perfecta al señor.

PASO HACIENDO EL BIEN

Si vida de pronto estuvo tan llena, tan plena de sentido, que necesitó compartirlo con los demás. Y en primer lugar con la persona que más amaba en la tierra: su padre. Y su palabra estaba tan llena de convicción y razones que su padre empezó a creer. Pero, le costaba mucho renunciar a la fe en los dioses que siempre había tenido.

Un día, llego un ciego ya desahuciado por todos los médicos pidiendo ayuda al padre y al hijo . Entonces ante la impotencia de la ciencia para curar al ciego, Pantaleón invocó a Jesucristo y el ciego quedó curado. Y ambos, ciego y padre creyeron.

Poco después murió santamente su padre, y Pantaleón heredo una inmensa fortuna. A partir de ahí el repartió su riqueza entre los pobres y se dedicó a curar a los enfermos gratuitamente.

Su fama de sabiduría y santidad llego a todos los lugares, y a pesar de su juventud todo el mundo lo amaba y reverenciaba por su bondad y sabiduría. Lo cual levanto la envidia y el odio de sus colegas de profesión.

EL MARTIRIO

En aquella época se desató la persecución de Diocleciano en Nicomedia. Y los médicos de la región, enterados de que Pancracio era cristiano, lo denunciaron ante el emperador. La acusación no solo era de ser cristiano sino de practicar la magia para curar enfermos.

El emperador quería salvarlo en secreto y le dijo que renunciara a su religión, pero Pantaleón se negó y con la ayuda de Dios curó milagrosamente a un paralítico para demostrar la verdad de la fe. Pero, los médicos que habían fracasado en curar al paralitico invocando a sus dioses, advirtieron al emperador que sino castigaba a Pancracio, los dioses ofendidos lo castigarían a él.

Pancracio fue condenado a muerte. Se dice que trataron de matarlo de seis formas diferentes: con fuego, plomo fundido, ahogándolo, tirándolo a las fieras, torturándolo en una rueda y atravesándole una espada. Pero con la ayuda del Señor resultó ileso. Cuando fue decapitado, el árbol, donde ocurrió el martirio, floreció al instante. Ese día era el 27 de julio del 305.

Tenía 29 años cuando alcanzó la gloria del martirio y se reunió con sus queridos padres, en reino eterno de Jesucristo, el señor.

LA DEVOCIÓN A SAN PANCRACIO

Algunas reliquias de su sangre se conservan en Constantinopla (Turquía), Ravello (Italia) y el Real Monasterio de la Encarnación en Madrid (España) que es custodiado por las religiosas Agustinas Recoletas.
En esta ciudad española, su sangre permanece en estado sólido casi todo el año y se produce el milagro de la licuefacción (se vuelve líquida) cerca de la fiesta litúrgica del Santo. Fecha en la cual, las religiosas abren las puertas al público para que aprecien el hecho.

Hay constancia de que la reliquia ya estaba en la Encarnación desde su fundación en el año 1616. La sangre, en estado sólido durante todo el año, se licuefacciona sin intervención humana. Esto ocurre en la víspera del aniversario de su martirio, o sea, cada 26 de julio. A

https://www.madridenruta.com/la-sangre-san-pantaleon/
https://es.aleteia.org/2017/07/27/el-prodigioso-fenomeno-de-la-licuacion-de-la-sangre-de-san-pantaleon/

MEDITACIÓN SOBRE LAS ENFERMEDADES DE NUESTRA ALMA

I. El pecador está ciego: no ve ni las recompensas del paraíso ni las penas del infierno, ni la belleza de la virtud ni la fealdad del vicio; no considera sino el falso brillo de las riquezas, los encantos fa- laces de los placeres, y el vano aparato de la gloria mundana. Pecador, abre por fin tus ojos; considera que esos tesoros te abandonarán a tu muerte, que esos placeres yesos honores se desvanecerán como un sueño. Di a la vanagloria: adiós, eres sólo falsía, y, en partiendo, eres nada. (San Clemente de Alejandría).

II. El pecador está enfermo. El desorden de los humores es la causa de las enfermedades del cuerpo; el desorden de las pasiones es la fuente de las enfermedades del alma; ellas turban nuestra razón y le impiden dirigirse a Dios. ¿De dónde provienen tus pecados? Del desorden de tus pasiones: amas lo que deberías odiar, te horroriza lo que deberías amar. Pasa revista a tus pasiones, examina tus deseos, tus inclinaciones y tus aversiones; y, después que hayas conocido su desorden, di a Dios: Señor, el que no os ama está enfermo.

III. El pecador no sólo está enfermo, sino que está muerto, puesto que ha perdido la gracia; es más difícil convertir a un pecador que resucitar aun muerto. ¡Oh supremo Médico de nuestras almas, Vos que habéis dado vuestra vida para librarnos de la muerte del pecado, resucitadnos! Hagamos todo lo que podamos para salir del pecado, y pidamos a Dios que tenga piedad de nosotros. Estoy enfermo, llamo al médico; estoy ciego, corro a la luz; estoy muerto, suspiro por la vida. Vos sois el Médico, la Luz y la Vida, ¡oh Dios de Nazaret! (San Agustín).

ORACIÓN

Haced, os lo rogamos, Dios omnipotente, que la intercesión de San Pantaleón, vuestro mártir, libre nuestro cuerpo de toda adversidad y purifique nuestras almas de todo mal pensamiento. Por J. C. N. S. Amén.

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