NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Calendario Litúrgico Católico

MISA

( II clase, blanco. Gloria, Prefacio de la Virgen )

( Conmemoración de san Adrián, mártir )

INTROITUS (Ps. lxix, 2-3)

SALVE, sancta parens, eníxa puérpera Regem: qui caelum terrámque regit in saécula saeculórum. [Ps. 44, 2] Eructávit cor meum verbum bonum: dico ego ópera mea Regi. V/. Glória Patri.

SALVE, santa Madre, que engendraste al Rey que rige cielos y tierra por los siglos de los siglos. V/. Me brota del corazón un poema bello; al Rey consagro mis obras. V/. Gloria al Padre.

COLECTA

FÁMULIS Fámulis tuis, quǽsumus, Dómine, cæléstis grátiæ munus impertíre: ut, quibus beátæ Vírginis partus éxstitit salútis exórdium; Nativitátis ejus votíva solémnitas pacis tríbuat incrémentum. Per Dóminum.   

TE PEDIMOS, Señor, que des a tus siervos el don de la gracia celestial; a fin de que los que hemos recibido las primicias de la salvación en el parto de la Virgen Santa; merezcamos un aumento de paz en la solemnidad de su Natividad. Por Nuestro Señor Jesucristo.

ORACIÓN de la conmemoración

Præsta, quǽsumus, omnípotens Deus: ut, qui beáti Hadriáni Mártyris tui natalíta cólimus, intercessióne ejus, in tui nóminis amóre roborémur. Per Dóminum nostrum.

OH DIOS omnipotente, haz, te pedimos, que crezcamos en el amor de tu nombre, por la intercesión de tu santo Mártir Adrián, cuyo nacimiento celebramos. Por Nuestro Señor Jesucristo.

EPÍSTOLA ( Prov. 8, 22-35 )

LÉCTIO LIBRI SAPIÉNTIAE.
Dóminus possédit me in inítio viárum suárum, ántequam quidquam fáceret a princípio. Ab ætérno ordináta sum, et ex antíquis, ántequam terra fíeret. Nondum erant abyssi, et ego jam concépta eram: necdum fontes aquárum erúperant: necdum montes gravi mole constíterant: ante colles ego parturiébar: adhuc terram non fécerat, et flúmina, et cárdines orbis terræ. Quando præparábat cælos, áderam: quando certa lege et gyro vallábat abyssos: quando áethera firmábat sursum et librábat fontes aquárum: quando circúmdabat mari términum suum, et legem ponébat aquis, ne transírent fines suos: quando appendébat fundaménta terræ. Cum eo eram cuncta compónens: et delectábar per síngulos dies, ludens coram eo omni témpore: ludens in orbe terrárum: et delíciæ meæ esse cum fíliis hóminum. Nunc ergo, fílii, audíte me: Beáti, qui custódiunt vias meas. Audíte disciplínam, et estóte sapiéntes, et nolíte abjícere eam. Beátus homo, qui audit me, et qui vígilat ad fores meas quotídie, et obsérvat ad postes óstii mei. Qui me invénerit, invéniet vitam, et háuriet salútem a Dómino.

LECTURA DEL LIBRO DE LA SABIDURÍA. . El Señor me ha creado, primicias de sus caminos, que antes de todas sus obras. Desde la eternidad fui constituida, desde el comienzo, antes de los orígenes de la tierra. Aún no existían los océanos, y yo estaba ya concebida; aún no había brotado las fuentes, no estaban asentados los montes, antes de los collados, había yo nacido; aún no había hecho la tierra, ni los campos, ni la materia del polvo de la tierra. Cuando él preparaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo, cuando sujetó las nubes en lo alto, y afianzó las fuentes del abismo, cuando fijó sus límites al mar para que las aguas no traspasaran sus orillas; cuando trazó los cimientos de la tierra, junto a él me hallaba yo artífice, y era cada día sus delicias jugueteando en su globo terrestre y deleitándose en los hijos de los hombres. Ahora, pues, hijos, oídme: Dichosos los que siguen mis caminos. Oíd mis instrucciones, y sed cuerdos, y no las desechéis. Dichoso el hombre que me oye y vela diariamente a mis puertas, guardando sus postigos. Quien me halla, ha hallado la vida, y alcanza el favor del Señor.

GRADUAL (Ps. xxxiii, 2-3)

BENEDÍCTA et venerábilis es, Virgo Maria: quæ sine tactu pudóris invénta es Mater Salvatóris. V/. Virgo, Dei Génetrix, quem totus non capit orbis, in tua se clausit víscera factus homo.

BENDITA y venerable eres, Virgen María; que sin menoscabo de tu virginidad, eres Madre del Salvador. V/. Virgen Madre de Dios, el que no cabe en todo el orbe, se ha encerrado haciéndose hombre en tu seno.

Natividad de la Virgen por Murillo

ALELUYA [Ps. lxxxvii, 2]

ALLELÚJA, ALLELÚJA. V/  –   Felix es, sacra Virgo María, et omni laude digníssima: quia ex te ortus est sol justítiæ, Christus, Deus noster. Allelúja.  

ALELUYA. ALELUYA. V/ Feliz y digna de toda alabanza eres tú, Virgen Sagrada María, pues de ti nació el sol de justicia, Cristo, Dios nuestro. Aleluya. .

EVAGELIO (Matth. 1, 1-16)

INÍTIUM SANCTI EVANGELII SECUNDUM MATTHAÉUM. Liber generatiónis Jesu Christi, fílii David, fílii Abraham. Abraham génuit Isaac. Isaac autem génuit Jacob. Jacob autem génuit Judam et fratres ejus. Judas autem génuit Phares, et Zaram de Thamar. Phares autem génuit Esron. Esron autem génuit Aram. Aram autem génuit Amínadab. Amínadab autem génuit Naásson. Naásson autem génuit Salmon. Salmon autem génuit Booz de Rahab. Booz autem génuit Obed ex Ruth. Obed autem génuit Jesse. Jesse autem génuit David regem. David autem rex génuit Salomónem ex ea, quæ fuit Uríæ. Salomónem autem génuit Róboam. Róboam autem génuit Abiam. Abias autem génuit Asa. Asa autem génuit Jósaphat. Jósaphat autem génuit Joram. Joram autem génuit Ozíam. Ozías autem génuit Jóatham. Jóatham autem génuit Achaz. Achaz autem génuit Ezechíam. Ezechías autem génuit Manássen. Manásses autem génuit Amon. Amon autem génuit Josíam. Josías autem génuit Jechoniam, et fratres ejus in transmigratióne Babylónis. Et post transmigratiónem Babylónis: Jechonías génuit Saláthiel. Saláthiel autem génuit Zoróbabel. Zoróbabel autem génuit Abiud. Abiud autem génuit Elíacim. Elíacim autem génuit Azor. Azor autem génuit Sadoc. Sadoc autem génuit Achim. Achim autem génuit Eliud. Eliud autem génuit Eleázar. Eleázar autem génuit Mathan. Mathan autem génuit Jacob. Jacob autem génuit Joseph virum Maríæ, de qua natus est Jesus, qui vocátur Christus.

INICIO DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO.   Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zará, Fares engendró a Esrón, Esrón engendró a Arán, Arán engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé, Jesé engendró a David, el rey. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías,  Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amós, Amós engendró a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia. Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquín, Eliaquín engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquín, Aquín engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

CREDO

OFFERTORIUM [Ps. xxix: 2-3 ]

BEÁTA es, Virgo María, quæ ómnium portásti Creatórem: genuísti, qui te fecit, et in ætérnum pérmanes Virgo.

SANTA eres tú, Virgen María, que llevaste en tu seno al Creador: engendraste a la que te creó y permaneces Virgen para siempre.

SECRETA

UNIGÉNITI tui, Dómine, nobis succúrrat humánitas: ut, qui natus de Vírgine, matris integritátem non mínuit, sed sacrávit; in Nativitátis ejus solémnis, nostris nos piáculis éxuens, oblatiónem nostram tibi fáciat accéptam Jesus Christus Dóminus noster: Qui tecum.

SEÑOR, que la humanidad de tu Unigénito nos socorra; y así como naciendo de la Virgen Madre no mermó su Virgnidad; sino que la hizo más pura; de la misma manera, purificándonos de nuestras culpas en la solemnidad de su Natividad, te haga aceptable nuestra ofrenda, Jesucristo, Señor nuestro. Que contigo.    

SECRETA de la conmemoración

MUNÉRIBUS nostris, quǽsumus, Dómine, precibúsque suscéptis: et cæléstibus nos munda mystériis, et cleménter exáudi. Per Dóminum.

RECIBIDOS nuestros dones y súplicas, te pedimos, Señor, nos purifiques por los misterios celestiales y nos escuches benignamente. Por Nuestro Señor Jesucristo.

PREFACIO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

VERE dignum et iustum est, æquum et salutare, nos tibi semper, et ubique gratias agere: Domine sancte, Pater omnipotens, æterne Deus. Et te in Nativitate beatæ Mariæ semper Virginis collaudare, benedicere et prædicare. Quæ et Unigenitum tuum sancti Spiritus obumbratione concepit: et virginitatis gloria permanente, lumen æternum mundo effudit, Iesum Christum Dominum nostrum. Per quem maiestatem tuam laudant Angeli, adorant Dominationes, tremunt Potestates. Cæli, cælorumque Virtutes, ac beata Seraphim, socia exsultatione concelebrant. Cum quibus et nostras voces, ut admitti iubeas, deprecamur, supplici confessione dicentes:

EN VERDAD es digno y justo, equitativo y saludable, que en todo tiempo y lugar te demos gracias, Señor santo, Padre todopoderoso, Dios eterno. Y el alabarte, bendecirte y glorificarte en la Natividad de la bienaventurada siempre Virgen María, que habiendo concebido a tu único Hijo por virtud del Espíritu Santo, dio a luz, conservando siempre la gloria de su virginidad, a la Luz eterna, Jesucristo Nuestro Señor. Por Quien los Ángeles alaban a tu Majestad, las Dominaciones la adoran, tiemblan las Potestades; los Cielos y la Virtudes de los cielos y los bienaventurados Serafines la celebran con recíproca alegría. Te rogamos que, con sus alabanzas, recibas también las nuestras, cuando te decimos con humilde confesión:

COMMUNIO (Prov. 3, 9-10)

BEÁTA víscera Maríæ Vírginis, quæ portavérunt ætérni Patris Fílium.  

BENDITAS las entrañas de la Virgen María, que llevaron al Hijo del Eterno Padre.

POSTCOMMUNIO

SÚMPSIMUS, Dómine, celebritátis ánnuæ votiva sacraménta: præsta, quǽsumus; ut et temporális vitæ nobis remédia prǽbeant et ætérnæ. Per Dóminum

HABIENDO recibido, los sacramentos en la celebración de esta solemnidad anual; haz, Señor, que sean remedio  para vida presente y futura. Por Nuestro Señor Jesucristo.

POSTCOMUNIO de la conmemoración

DA, quǽsumus, Dómine Deus noster: ut, sicut tuórum commemoratióne Sanctórum, temporáli gratulámur offício; ita perpétuo lætémur aspéctu. Per eúndem Dóminum.

HACED, oh Señor, Dios nuestros, que así como nos alegramos en la tierra celebrando la conmemoración de tu tus santos, así también con su visión nos gocemos en el cielo. Por Nuestro Señor Jesucristo.

COMENTARIO

Catena aurea (S. Tomás de Aquino)

Mateo 1:1

Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. (v. 1)

San Jerónimo, Prologus in commentario in Matthaeum
San Mateo, representado bajo la figura de un hombre,1 empezó a escribir de Jesucristo en cuanto hombre diciendo: «Libro de la generación, etc.».

Rábano
Con este principio manifiesta que se propuso narrar la generación de Cristo según la carne.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 1
Escribió el Evangelio para los judíos, para quienes hubiera estado de más exponer la naturaleza de la divinidad que ya conocían, pero les era necesario que se les manifestase el misterio de la encarnación. Juan escribió el Evangelio para los gentiles que no sabían si Dios tenía un Hijo y fue por ello preciso primero enseñarles que hay un Hijo de Dios, que es Dios, y luego que este Hijo de Dios tomó carne.

Rábano
Aunque la generación ocupa una pequeña parte del libro, dijo sin embargo: «Libro de la generación». Es costumbre de los hebreos poner como título de sus libros la palabra con que empiezan, así como el Génesis.

La glosa ordinaria
Hubiera sido más claro el sentido diciendo: éste es el libro de la generación, pero es costumbre en muchos sobreentender el demostrativo, como cuando leemos: «Visión de Isaías», es decir: «Esta es la visión de Isaías». Se dice generación en singular, aunque se enumeran sucesivamente muchas generaciones, porque todas ellas se incluyen aquí por causa de la generación de Cristo.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 2,3
Llama a este libro el libro de la generación, porque toda la economía de la gracia y la raíz de todos los bienes está en que Dios se ha hecho hombre; una vez verificado esto, lo demás se sigue como consecuencia racional.

Remigio
Dice: «Libro de la generación de Jesucristo», porque sabía que antes se había escrito: «Libro de la generación de Adán», y empezó así para contraponer libro a libro, el Nuevo Adán al Adán viejo, ya que fue reparado por el Nuevo todo cuanto el viejo había destruido.

San Jerónimo, commentarium in Matthaeum, 1
Leemos en Isaías: Su generación, ¿quién la contará? (Isa_53:8). No concluyamos de aquí que el evangelista contradice al profeta porque éste dice que es imposible expresar lo que aquél después empieza a narrar, toda vez que allí se habla de la generación de la divinidad y aquí de la encarnación.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 2,2
No pienses que oyes cosa de poca importancia al oír hablar de esta generación, porque es en gran manera inefable que Dios se haya dignado nacer de una mujer y tener por progenitores a David y a Abraham.

Remigio
Mas si alguno dijere que el profeta aludió a la generación de la humanidad, no debe responderse a la pregunta del profeta que ninguno, sino que muy pocos, porque realmente han hablado San Mateo y San Lucas.

Rábano
Cuando dice de Jesucristo, expresa su dignidad real y sacerdotal. Pues el soberano Josué,2 que en figura llevó primero este título, fue el primero que obtuvo la jefatura del pueblo de Israel después de Moisés, y Aarón, consagrado por la unción mística, fue el primer sacerdote de la Ley.

Ambrosiaster, quaestiones Novi et Veteri Testamenti, q. 45
Lo que por el don sagrado concedía Dios a los que eran ungidos para ser reyes y sacerdotes, lo ha realizado el Espíritu Santo en el Hombre Cristo añadiendo una purificación, pues el Espíritu Santo purificó lo que de la Virgen María se formara para ser cuerpo del Salvador. Esta es la unción del cuerpo del Salvador, por esto se ha llamado Cristo.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 1
Mas porque la prudencia impía de los judíos negaba que Jesús fuese de la descendencia de David, por eso el evangelista añade: «Hijo de David, hijo de Abraham». Pero, ¿no basta decir hijo de sólo Abraham o de sólo David? No, porque a ambos fue hecha la promesa de que de ellos había de nacer Cristo: a Abraham en el Génesis: «Y en tu semilla serán bendecidas todas las naciones de la tierra» (Gén_22:18); a David en el Salmo: «Del fruto de tu vientre pondré sobre tu trono» (Sal 131). Por eso lo llamó hijo de ambos, para demostrar que las promesas hechas a ambos se habían cumplido en Cristo, y además porque Cristo había de tener tres dignidades: rey, profeta y sacerdote. Abraham fue profeta y sacerdote; sacerdote, como le dijo Dios en el Génesis: «Toma para mí una vaca de tres años» (Gén_15:9); y profeta, según lo que el Señor dice de él al rey Abimelek en el Génesis: «Es Profeta y rogará por ti» (Gén_20:7). David fue rey y profeta, pero no sacerdote. Cristo fue, pues, llamado hijo de ambos, para que la triple dignidad de ambos se reconociese en él por derecho de nacimiento.

San Ambrosio, in Lucam, c. 3
Por eso también eligió dos autores del linaje de Cristo; uno que había recibido la promesa de la congregación de todos los pueblos, otro que había obtenido que se le comunicara la predicción de que de él nacería Cristo. Y así, aunque sea posterior en el orden de la descendencia, ha sido nombrado primero, porque es más haber recibido la promesa acerca de Cristo que aquélla acerca de la Iglesia, la misma que existe por Cristo, puesto que el que salva es de condición más excelente que lo salvado.

San Jerónimo, commentarium in Matthaeum, 1
El orden de los dos progenitores está invertido pero por necesidad, pues si hubiera puesto primero a Abraham y después a David, hubiera tenido que repetir otra vez el nombre de Abraham para enlazar la serie de las generaciones.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 1
La otra razón es que la dignidad de rey es mayor que la de la naturaleza; y así, aunque Abraham precedía en el tiempo, David precedía en la dignidad.

La glosa
Como según su título este libro trata de Jesucristo, es preciso saber antes qué debemos pensar sobre Cristo, para que así pueda exponerse mejor lo que en él se dice de Cristo.

San Agustín, quaestiones evangeliorum, 5,45
Todos los errores de los herejes acerca de Jesucristo pueden reducirse a tres clases: los concernientes a su divinidad, a su humanidad, o a ambas a la vez.

San Agustín, de haeresibus, 8 y 10
Cerinto y Ebión dijeron que Jesucristo era un simple hombre. Insistiendo en este error Pablo de Samosata, aseveró que Cristo no ha existido siempre, sino que su principio data sólo desde su nacimiento de María, pues no cree que sea sino un mero hombre. Esta herejía fue renovada después por Fotino.

San Atanasio, contra haeret
El apóstol San Juan, anticipando desde mucho antes, con la luz del Espíritu Santo, la locura de este hombre, lo despierta del profundo sueño de su ignorancia con el poderoso acento de su voz diciéndole: «En el principio era el Verbo» (cap. 1). Luego el que en el principio era con Dios no ha tenido necesidad en lo último de los tiempos de recibir el principio de su origen del ser humano. Además dice: «Padre, glorifícame con aquella gloria que tuve en ti antes que fuese el mundo» (cap. 17). Aprenda aquí Fotino que éste poseyó la gloria antes del principio de los tiempos.

San Agustín, de haeresibus, 19
La perversidad de Nestorio consistía en afirmar que el engendrado del seno de la Virgen María fue simplemente un hombre, al que el Verbo de Dios asumió en unidad de persona y unión inseparable, error que no podían sufrir los oídos cristianos.

San Cirilo de Alejandría, ep. 1, ad Monachos Aegypti
En su carta a los Filipenses dice el Apóstol del Unigénito de Dios, que siendo en forma de Dios, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios (Flp 2). ¿Quién es, pues, el que es en forma de Dios? ¿Cómo se ha anonadado y humillado en forma de hombre? Podrán tal vez decirnos los citados herejes, partiendo a Cristo en dos -en hombre y en Verbo-, que el hombre es el que sufrió el anonadamiento, separando de él al Verbo de Dios. Pero tendrán que demostrarnos antes que el hombre se entiende y fue en la forma y en la igualdad de su Padre, para verificarse en él el modo de anonadarse. Mas ninguna creatura -entendida según su propia naturaleza- es igual al Padre. ¿Cómo, pues, se dice que se anonadó? ¿De qué altura descendió para ser hombre? ¿Cómo se entiende que tomara la forma de siervo si desde el principio no la tuviera? Pero dicen: «El Verbo, existiendo igual al Padre, habitó en el hombre nacido de mujer, y éste es el anonadamiento». Ciertamente, yo oigo al Hijo decir a los santos apóstoles: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 17). ¿Oyes cómo dice que en los que lo aman cohabitarán El y su Padre? ¿Y crees que nosotros decimos que se anonada y humilla, y toma la forma de siervo porque hace morada en las almas santas de los que lo aman? Pues, ¿y el Espíritu Santo que habita en nosotros? ¿Hemos también de creer que realiza el misterio de humanarse?

Abad Isidoro, ad Atribium presbiterum, epist. 41,2
Mas para no enumerarlo todo hablaremos sólo del punto capital y objetivo: es una sabia y útil disposición, y en nada perjudica a la naturaleza inviolable, que el que era Dios se manifieste humildemente. Pero es un mal la loca presunción que el que es humano se promocione a sí mismo a lo sobrenatural y divino, pues si bien el rey no se degrada obrando con humildad, jamás le será lícito al soldado hacerse oír como reinante. Entonces, si Cristo es Dios humanado, lo humilde está en su lugar. Pero si es simplemente un hombre, lo elevado y grande no se explica.

San Agustín, de haeresibus, 41
Algunos hacen discípulo de Noeto a Sabelio, quien decía que Cristo era el mismo e idéntico Padre y Espíritu Santo.

San Atanasio, contra haeret
Yo refrenaré la audacia y el furor insensato de este hombre con la autoridad de los testimonios celestiales aduciendo, para demostrarle la persona de la sustancia propia del Hijo, no los que él cavilosamente pretende que convienen a la humanidad asumida, sino los que sin escrúpulo del entendimiento más perplejo confiesan todos unánimes que competen a su divinidad. Leemos en el Génesis que dijo Dios: «Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra» (Gén 1). Ved que habla en plural: «Hagamos», indicando sin duda a otro a quien dirige la palabra. Pues si fuese uno solo, el texto diría: «que lo hizo a su imagen». Pero, habiendo otro, claramente se muestra que también fue hecho a imagen de éste.

La glosa
Otros, por el contrario, han negado la verdadera humanidad de Cristo. Valentino pretendía que Cristo, enviado por el Padre, se había revestido de un cuerpo espiritual o celestial y que no había asumido nada de la Virgen María, habiendo sólo pasado por ella como por un arroyo o canal, pero sin tomar de ella carne alguna.

San Agustín, contra Faustum, 20,7
Nosotros no creemos así. Confesamos que Cristo ha nacido de la Virgen María, no precisamente porque de otra manera no podría existir en verdadera carne y aparecer a los hombres, sino porque así está consignado en la Escritura. Si a ella no creemos, no podemos ser cristianos ni salvarnos. Y si el cuerpo asumido de una sustancia celestial o líquida lo hubiera querido convertir en verdadera carne humana, ¿quién negaría que lo hubiera podido hacer?

San Agustín, de haeresibus, 46
Los maniqueos dijeron que Nuestro Señor Jesucristo era un fantasma y que no podía nacer de mujer.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, q. 13
Pero si el cuerpo de Cristo fue un fantasma, nos ha engañado el Señor; y si nos engaña, no es la Verdad. Pero Cristo es la Verdad;3 entonces no fue fantasma su cuerpo.

La glosa
Y como el principio de este Evangelio según San Lucas manifiestamente prueba que Cristo nació de mujer, con lo que se ve claro su verdadera humanidad, quienes no lo aceptaron niegan los principios de ambos Evangelios.

San Agustín, contra Faustum, 2,1
Fausto dice: «Cierto que el Evangelio empezó a ser y a nombrarse desde la predicación de Cristo, que en ningún lugar dice de sí haber nacido de los hombres. Pero la genealogía tan no es el Evangelio, que ni siquiera su escritor se atrevió a llamarla tal. ¿Qué es, pues, lo que escribió? «Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David». No es libro del Evangelio de Jesucristo, sino libro de su generación, sigue Fausto. San Marcos, como no se cuidó de escribir la generación, sino sólo la predicación del Hijo de Dios -que es el Evangelio-, véase cuán adecuadamente comenzó: «Evangelio de Jesucristo, hijo de Dios», para que se vea claramente que la genealogía no es el Evangelio. En el mismo San Mateo (Mt 4) se lee que después de la prisión de Juan empezó Jesucristo a predicar su Evangelio. Entonces cuanto se narra antes de este suceso, es sabido que es genealogía y no Evangelio.

San Agustín, contra Faustum, 3,1
Yo me he atenido a Juan y a Marcos, cuyos principios me han parecido bien y con razón, porque no introducen a David, ni a María, ni a José. Agustín refuta a Fausto de este modo: «¿Qué responderá entonces Fausto al Apóstol cuando dice: «Acuérdate que el Señor Jesucristo del linaje de David, resucitó de los muertos, según mi Evangelio?» (2Tim 2). Pues lo que era Evangelio del apóstol Pablo, lo era también de los demás apóstoles y de todos los fieles encargados de la predicación de tan gran misterio. Y así lo dice en otra parte: «Sea yo o sean ellos (los demás predicadores del Evangelio), así predicamos y así habéis creído» (1Cor 15). Entonces no todos escribieron, pero sí todos lo predicaron.

San Agustín, de haeresibus, 49
Los arrianos no quieren admitir que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean de una sola y misma sustancia, naturaleza o existencia, sino que dicen que el Hijo es creatura del Padre, y el Espíritu Santo creatura de la creatura, es decir, creado por el mismo Hijo. Y Creen que Cristo tomó carne sin alma.

San Agustín, de Trinitate, 1,6
Pero San Juan declara que el Hijo no solamente es Dios, sino de la misma sustancia con el Padre; ya que después de haber dicho «y el Verbo era Dios», añade: «Todas las cosas fueron hechas por él»; de donde resulta claro que aquél por quien todas las cosas fueron hechas, no ha sido él mismo hecho. Y si no ha sido hecho, no ha sido creado, y así es de la misma sustancia con el Padre, pues toda sustancia que no es Dios, es creatura.

San Agustín, contra Felicianum, 13
No comprendo en qué nos haya favorecido la persona del mediador, no redimiendo del todo la parte principal de nosotros, y sí asumiendo sólo la carne que, separada del alma, ni siquiera puede sentir el beneficio de la redención. Pues si Cristo vino a salvar lo que había perecido, como el hombre todo es el que pereció, el hombre todo necesita del beneficio del Salvador. Por tanto Cristo con su venida lo salvó todo asumiendo el cuerpo y el alma.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, q. 80
¿Qué responden además a tan claros argumentos de la Escritura evangélica que el Señor tantas veces menciona contra ellos? El de San Mateo: «Triste está mi alma hasta la muerte» (Mt 26); el de San Juan: «Poder tengo para poner mi alma» (Jn 10) y muchos otros semejantes. Y si dijeren que Cristo habló en parábola, tenemos las razones de los evangelistas que al narrar los hechos, así como testifican que tuvo cuerpo, dicen también que tuvo alma, por las afecciones propias sólo del alma. Así, en su narración leemos: «Y se admiró Jesús», «y se enojó» (Mt 8; Mc 6; Lc 7). Y así otros más.

San Agustín, de haeresibus, 55
Los apolinaristas, así como los arrianos, dijeron que Cristo había asumido la carne sola sin alma. Vencidos en este punto por los testimonios evangélicos, se acogieron a la especie de que la inteligencia -que es el alma racional del hombre- faltó en el alma de Cristo, haciendo sus veces en ésta el Verbo mismo.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, q. 80
Si así fuera, habría que creer que el Verbo de Dios asumió a un animal con figura de cuerpo humano.

San Agustín, de haeresibus, 45
En cuanto a la carne misma, los herejes muestran haberse apartado de la ortodoxia de la fe hasta el extremo de decir que aquella carne y el Verbo son de una sola y misma sustancia, afirmando porfiadamente que el Verbo se había hecho carne en el sentido de que algo del Verbo se había mudado y convertido en carne, pero no que esta carne se hubiese tomado de la carne de María.

San Cirilo, epistula ad Joannem Antiochenum, 28
Creemos que están locos o deliran los que han sospechado que puede caber en la naturaleza divina del Verbo sombra de mudanza. Lo que es siempre, permanece siempre y no se muda ni es capaz de mutación.

San León Magno, ad Constantinopolitanos, ep. 59
Nosotros no decimos que Cristo es hombre pero que le faltó algo perteneciente a la naturaleza humana: o el alma, o la inteligencia racional, o la carne, no tomada de mujer sino hecha del Verbo convertido y mudado en carne. Estos son tres errores de los herejes apolinaristas que han presentado después tres distintas fases.

San León Magno, ad Palaestinos, ep. 124
Eutiques se fijó en el tercer error de los apolinaristas y, después de haber negado la realidad de la carne humana y del alma de Nuestro Señor Jesucristo, sostenía que en Cristo no había más que una sola naturaleza, como si la divinidad misma del Verbo se hubiera convertido en carne y alma, y el ser concebido, nacer y nutrirse y demás actos de la vida fuesen sólo propiedades de la esencia divina que nada de esto podía recibir en sí sin la realidad de la carne, puesto que la naturaleza del Unigénito es la naturaleza del Padre, es la naturaleza del Espíritu Santo, impasible a la vez y eterna. Pero si bien este hereje se aparta de la perversa doctrina de Apolinar, para no verse obligado a admitir que la divinidad siente como cualquier ser pasible y mortal, se atreve en cambio a decidir la unidad de naturaleza del Verbo encarnado -es decir, del Verbo y de la carne-, con lo cual indudablemente incurre en la locura de los maniqueos y de Marción, y cree que todos los actos de Nuestro Señor Jesucristo no eran sino simulados y que su mismo cuerpo, con el que se manifestó a los hombres, no era cuerpo humano real, sino sólo apariencia de cuerpo.

San León Magno, ad Iulianum, ep. 35
Atreviéndose Eutiques a sostener en la asamblea de los obispos que antes de la encarnación hubo en Cristo dos naturalezas, pero después de la encarnación una sola, hubo necesidad de instarle con escudriñadora solicitud a que diese razón de su fe. Yo pienso que al expresarse así tenía la persuasión de que el alma asumida por el Salvador antes de nacer de la Virgen María, había hecho mansión en los cielos.
Pero semejante lenguaje no lo pueden tolerar las conciencias ni los oídos católicos, porque el Señor, al descender de los cielos, nada trajo consigo de nuestra condición, ni asumió alma que hubiera existido antes, ni carne que no fuese del cuerpo de su Madre. Así que lo condenado antes con mucha razón en Orígenes al afirmar que eran muy diversas las vidas y acciones de las almas antes de unirse a los cuerpos, forzosamente tenía que ser condenado en Eutiques.

Remigio
Todas estas herejías las destruyen los evangelistas. En el principio de su Evangelio, San Mateo, al narrar la generación de Jesucristo, por las generaciones sucesivas de los reyes de los judíos, manifiesta que es verdadero hombre y que tuvo verdadera carne. Lo mismo da a entender San Lucas al describir su estirpe sacerdotal. Igual hace San Marcos cuando dice: «Principio del Evangelio de Jesucristo hijo de Dios». Y también San Juan al empezar: «En el principio era el Verbo», manifiestando que antes de todos los siglos fue Dios en Dios Padre.

Notas

  1. Ver Eze_1:5.
  2. En hebreo existe un único nombre, Iehoshua, que en castellano puede traducirse tanto por Josué como por Jesús.
  3. Referencia a Jua_14:6.

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